En la Frontera

El precio del silencio

foto de Tino Novoa
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Ya lo dice el refrán: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces». Sáenz de Santamaría se esforzó ayer en resaltar la estabilidad del Gobierno. Bien está que lo diga, y mejor estaría aún que así fuera. Pero, como otras cosas, cuesta creerlo. Porque quien lo preside está amenazado por unas sospechas de corrupción que ponen gravemente en entredicho la escasa credibilidad que aún le queda, y porque el partido que lo sustenta se enfrenta a una crisis cuya evolución futura, incluso a corto plazo, es imprevisible. Y si todo esto no fuera suficiente, sufre los perniciosos efectos del marianeo.

Los particulares biorritmos políticos de Rajoy casan mal, muy mal, con las necesidades de la sociedad. Su tendencia a dejar que los problemas se vayan consumiendo a fuego lento puede serle útil a él, porque minimiza su desgaste personal, pero es demoledora para el conjunto, porque se necesitan respuestas que nunca llegan, soluciones que ni se vislumbran en el horizonte. El precio a pagar por su tranquilidad es que el mal se gangrene y al final haya que extirpar incluso el tejido sano. Es lo que temen aquellos que no tienen nada que ver con oscuros tejemanejes ni están salpicados por el magma de la corrupción. Se revuelven nerviosos a la espera de que llegue el cirujano con el bisturí. Pero nunca aparece.

El silencio de Rajoy es pernicioso para los suyos, que aguardan un desmentido rotundo que no llega, lo que genera desorientación y abona divisiones que acaban engendrando enfrentamientos. Pero, sobre todo, es nocivo para la sociedad, porque engorda la sospecha, convierte la duda en creencia, y el malestar en indignación. Un líder va siempre más allá del cálculo egoísta y se esfuerza en atender las necesidades colectivas, aunque se abrase en el intento. En una democracia, esa exigencia moral se convierte en un mandato que fundamenta la legitimidad del poder.

Por todo ello, Rajoy debe responder ya, sin subterfugios, evasivas ni falsas verdades. Debe hacerlo por decencia y por dignidad. Y si no quiere o no puede hacerlo, entonces debería dejar que otro ocupara su lugar.