El «descanso eterno», ese al que según la tradición cristiana todo mortal aspira, se pone harto difícil en ocasiones. De forma ostensible cuando el finado ejerció en vida de destacado político o intelectual. A Cela seguro que le daba un ataque de ira si pudiese ver en qué situación se encuentra la fundación que lleva su nombre y los puristas de Borges se hacen cruces cada vez que alguien menta a Maria Kodama, su viuda. Aunque no siempre es así: Aurora Bernández, la argentina hija de emigrantes de Dacón y O Lago (Maside), sigue al pie del cañón organizando proyectos en memoria de Julio Cortázar y Pilar del Río es respetada por los portugueses por el trabajo en la Fundación Saramago.
En otros casos los homenajes, recuerdos, honores y reconocimientos les llegan contra su voluntad. Es el caso de Xosé Ramón Fernández Oxea, conocido popularmente como Ben- Cho-Shey (1896-1988). En el Museo Provincial de Lugo se inauguraba la pasada semana la exposición Ben-Cho-Shey, 50 anos de maxisterio cultural (1918-1968), un proyecto que hace un recorrido por la obra y la vida del destacado galleguista que estuvo vinculado a iniciativas como el Seminario de Estudos Galegos, el Partido Galeguista o el movimiento Brais Pinto.
Se da la circunstancia de que Ben-Cho-Shey, que también da nombre al colegio de Pereiro de Aguiar, dejó escrito en su lápida del cementerio de San Francisco que rechazaba expresamente todos los homenajes que se organizasen después de su muerte.
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