La historia viva de la fisioterapia

Padre e hijo comparten la pasión por su profesión en la misma clínica

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Lisardo Vidal Iglesias y David Vidal García.

El padre tiene 64 años, el hijo 34. Ambos nacieron en Ourense

Fisioterapeutas, con posgrados en osteopatía, fisioterapia deportiva y técnica Bobath. El hijo además está especializado en dolor miofacial y el padre en podología.

Comparten clínica y pacientes y ambos encajan a la perfección en el día a día. Ni siquiera tienen las discrepancias de criterio propias de diferentes generaciones, quizá porque, aunque pertenecen a dos momentos bien distintos de la historia de la fisioterapia, esta es una especialidad en constante evolución y uno y otro siguen la máxima de la formación continua para estar al tanto de todas las novedades.

«Recuerdo que cuando se empezaba con la osteopatía traíamos a Madrid a especialistas franceses y belgas, porque allí estaban más avanzados, y los metíamos en bajos para que nos dieran los cursos, casi como si fuese clandestino porque de aquella era considerada como algo alternativo», cuenta Lisardo, que empezó a ejercer en el año 72 en Madrid. Llegó a compaginar La Paz con el hospital 1º de Octubre y el trabajo en alguna mutua. «Eran otros tiempos, la especialidad estaba comenzando y no es que no hubiese paro, es que estábamos pluriempleados; yo ganaba al mes cien mil pesetas», matiza. Un sueldo considerable para la época y que redujo a 17.000 pesetas cuando llegó al hospital provincial de Ourense tras pedir el traslado. «No me arrepiento para nada», asegura Lisardo. La llegada a la tierra le dio también la oportunidad de entrar como profesor en la primera escuela de fisioterapia que hubo en Galicia -«luego, al cabo de los años se montó una en Pontevedra y otra en A Coruña y la quitaron de aquí», lamenta- y de ser uno de los especialistas que crearon el Policlínico Sáez Díez, en el año 80. Tampoco le pesa que su hijo haya decidido seguir sus pasos. «Algunos de mis pacientes dicen que lo prefieren a él», comenta orgulloso. El sentimiento es mutuo. David reconoce el sacrificio y el esfuerzo que supuso para la generación de su progenitor no sólo formarse sino también luchar contra el desconocimiento que a nivel social tenía esta especialidad.

A él no solo lo animó el ejemplo de su padre, sino su actividad deportiva -practicó balonmano, baloncesto, tenis e incluso fue campeón gallego de golf hace casi dos décadas- que le puso en contacto con la realidad de las lesiones. «Sabía que era duro, porque lo veía a él, y que eran muchas horas de trabajo además del sacrificio de tener que dedicar los fines de semana a viajar para acudir a cursos, pero me gustaba y él me animó», cuenta David.

Asegura que no está arrepentido de haber optado por trabajar con Lisardo. «Siempre es mejor empezar con alguien que ya tiene experiencia y te puede ir enseñando, y en este caso mejor porque nos llevamos bien y nos entendemos perfectamente; lo único menos positivo es que cuando estamos en casa siempre acabamos hablando de los mismo; yo creo que discutimos más en casa que aquí», bromea. Lisardo asegura que cuando decidió unirse a la clínica solo le dio una instrucción clara: «Sabe que tiene que ser el primero en llegar y el último en irse».

David se incorporó en 2001 a la clínica abierta por su padre en la calle Sáenz Díez. Miguel villar