Un carné turístico por puntos


Aunque no soy partidario de los manuales de urbanidad, ya que creo que eso se debe traer aprendido de casa, este verano he observado algunas conductas que hasta hace poco eran excepcionales pero que, repentinamente, se han vuelto bastante frecuentes. Probablemente se debe a la masificación del turismo, pero como creo que ambas cosas no tienen por qué estar ligadas, trataré de contribuir al bien común con un decálogo de recomendaciones y buenas conductas veraniegas. Vamos allá.

En primer lugar, es importante cómo nos comportamos en los bares, lugares que en temporada veraniega visitamos con gran asiduidad. Aquí es fundamental tener en cuenta que no todos los camareros se llaman «¡oyeee!» y que no está prohibido dar las gracias porque los meses carezcan de erre. De manera destacada, se debe vigilar el atuendo, tratando de evitar entrar en los locales en bañador y sudando, independientemente de nuestro peso, edad o condición.

También en los restaurantes es bueno considerar que suele haber otras personas en el comedor: fotografíen las parrochitas con discreción y recuerden que los niños son capaces de emitir sonidos dañinos en frecuencias casi inaudibles. Por cierto, no cometan el común error de pedir en Galicia gambas de la ría o harán el ridículo. En la playa también se deben guardar ciertas normas entre las que destacan no poner música, especialmente de reguetón, y recordar que el poner la toalla en la arena no nos otorga el derecho de propiedad, ya que nos encontramos dentro del dominio público marítimo.

No está de más, también, respetar algunas costumbres de la población autóctona, por extrañas que nos parezcan. En este sentido, conviene recordar que las señales de tráfico tienen el mismo significado que en nuestros pueblos de origen y por tanto es bueno no aparcar donde los nativos no lo hacen y tratar de no invadir las aceras y los accesos de minusválidos. De igual manera, las flores que aparecen en ventanas y puertas son elementos de decoración y no regalos a los visitantes. Finalmente, y de nuevo me refiero a Galicia, aquí no nos sobra el agua, por más que la leyenda así lo cuente.

No crean que me he vuelto un intransigente; simplemente pretendo facilitar el hermanamiento de culturas en la época veraniega y evitar conflictos como el ocurrido en mi pueblo hace unos días. Les cuento. Unas turistas estaban sentadas en una mesa que obstruía el paso de una embarcación en las proximidades del muelle; un apuesto galán local les pidió por favor que se retiraran un momento para poder realizar la maniobra, a lo que respondieron: «Nosotras no tenemos por qué movernos, tenemos derecho a estar aquí». Con un par.

Estarán de acuerdo conmigo en que este un ejemplo claro de que mis consejos son necesarios y de que, al igual que en la conducción, se debería instaurar un carné turístico por puntos. Cada uno de nosotros dispondría de doce puntos que nos serían retirados al cometer las infracciones comentadas y otras similares; por orinar en la calle de Arriba, seis puntos. ¿A que mola? Una vez perdidos todos los puntos, no podríamos salir de vacaciones durante un período de dos años.

Entretanto, si ya cumplían mis recomendaciones, les felicito, y si no, todavía están a tiempo de tener un verano feliz. Por lo demás, disfruten de la fiesta del langostino congelado, bailen bachatas en las verbenas o naveguen en moto de agua cerca de la playa porque, por lo que se ve, en verano casi todo está permitido.

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