Ourensanos de veraneo en Portonovo


Ante la imposibilidad de poder vivir en algún lugar donde nunca fuese verano, tuve que acostumbrarme -y aceptar sin negociación como buen preadolescente- el modo de veraneo según la gente de Ourense: pasar un mes entero en Portonovo.

Portonovo no era más que una extensión de mi ciudad, y los de interior somos así de burros, nos vamos a la costa a ver a la gente de interior, no entendemos que el concepto vacaciones se trata de suspender las obligaciones durante un período de tiempo. Nosotros solo suspendemos la razón.

No fue lo peor ver a mis profesoras en topless, alguna incluso despertó algún interés nuevo en mí que solo se curaba con un baño de agua de mar fría. Ni siquiera fue aquella intoxicación por mejillones que ya olían mal desde Montalvo pero que un rotundo «eso huele así» paterno no fue capaz de evitar. Lo peor de aquellos veranos eran los roncós.

El único camino posible de vuelta cada noche al piso de alquiler era el paseo del puerto. La primera vez que sentimos a los roncós -porque no los ves, se sienten- nos pillaron por sorpresa. Escuchamos un ruido que se acercaba, como ese ronquido inocente al respirar hacia adentro. Venían por ambos lados, y de repente notamos como unos bichos voladores se nos metían en el pelo y las orejas. Incapaces de verlos echamos a correr avisando a los demás al grito de «¡vienen los roncós!».

Los de interior somos tan burros que seguimos veraneando allí muchos años, en el mismo piso. Escapando cada noche de aquellos bichos que nunca nadie vio.

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