Incluso Merkel puede equivocarse

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Cada vez que se reúne el G20, hay que poner en estado de excepción a la ciudad que lo acoge. Y no solo porque los movimientos antiglobalización y el turismo de algarada se hayan conjurado para amargarles la fiesta, sino porque en el rechazo a este club coinciden también, por muy distintas razones, los europeístas, los partidarios de la democracia global, los anticapitalistas, los nacionalistas, los enemigos del libre comercio, los populistas, los países pequeños y desheredados, los paraísos neutrales, los Estados fallidos, la señora Le Pen, Ana Pontón, el papa Francisco y yo. Y con ese plan, y para sus magros objetivos, no se puede molestar al personal ni gastar tanto dinero.

La causa de esa fobia es que el G20 es un club de ricos y poderosos que, sin necesidad de cumplir los requisitos básicos de las democracias avanzadas, y sin más credencial que la pasta gansa, se ponen a gobernar el mundo al margen de toda legitimidad. Asisten los que ellos quieren. Tratan lo que les conviene. Hablan de bancos, por ejemplo, pero no de inmigrantes, de hambrientos o de víctimas de las guerras. Se preocupan por Corea o Venezuela, pero no por Arabia Saudí. Tratan a Siria como el cortijo de Putin y Trump. Y todo lo hacen para la humanidad, pero sin la humanidad. Y actúan así porque son el órgano ejecutivo de la dictadura mundial (sin elecciones, sin controles ni contrapesos, sin derechos universales ni tutela judicial efectiva, con plena capacidad para imponer decisiones y exigir contraprestaciones, pero sin obligación de mantener sociedades de bienestar).

Por eso entiendo que Trump, Putin y Xi Jinping se sientan en el G20 como peces en el agua, Porque controlan todo el poder que allí se acumula, y porque dirigen con mano de hierro tres mundos que van a lo suyo y que confunden el bienestar de sus súbditos con la fortaleza del Estado. Pero no logro entender qué hace allí una UE descompuesta en una docena de voces, que, además de quedar ninguneada por su minifundismo militar, diplomático y político, legitima un club que trabaja a la contra de lo que Europa entiende por democracia, cooperación y bienestar.

Incluso en el supuesto de que el G20 tuviese que hacer una transición prolongada hacia otras formas de gobierno mundial, la Unión Europea no debería comparecer en dicho club si no lo hace con una sola voz y una sola política, que es exactamente lo contrario de lo que estamos viendo hoy. Por eso me extraña que Merkel no haya pensado en desmontar este trampantojo en el que nada tenemos que ganar, pero sí mucho que perder. Y la UE debería reclamar que este debate se trasladase a la ONU, o a órganos diseñados bajo el utópico concepto de democracia global.

Mientras tanto debo reconocer, con enorme pena, que Merkel también se equivoca. Aunque, para no ser una diosa, algún defecto tenía que tener.

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