Del bipartidismo al «bibloquismo»

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La única aportación que hizo la nueva política a la democracia española es la conversión del sistema de bipartidismo imperfecto -estable, eficiente y flexible- en un bibloquismo perfecto -inestable, ineficiente y a piñón fijo-. La consolidación de los actuales bloques parlamentarios, radicalmente enfrentados, trata de gestionar in extremis un mal llamado pluralismo, que en la práctica española no pasa de ser una fragmentación irracional de las Cámaras con la que las masas indignadas quisieron vengarse de la crisis y de los partidos mediante el insólito procedimiento de darse patadas en su propio y dolorido culo.

El bibloquismo es un neologismo que considero imprescindible para entender la preocupante deriva que lleva este país, cuya esencia consiste en que, en vez de entender el pluralismo como la formación de distintas opciones de gobierno y oposición, hemos pasado a la peregrina convicción de que el pluralismo solo consiste en tener muchas y muy variadas formaciones políticas, aunque, merced a su incomunicación, sus luchas ocultas y su populismo mercantil y desnortado, las opciones de gobierno se hayan reducido de dos a una. Porque la radical bipolaridad del Congreso -ideológica, cultural, axiológica y estratégica- solo se orienta, mediante la formación de bloques estratégicos, hacia el total desgobierno, o al «cerco a Rajoy y la demolición de sus políticas».

La falta de homogeneidad en las bases sociales, las organizaciones, las políticas económicas y los objetivos sociales, hace que los dos bloques ahora visibles (PP + C’s y PSOE + Podemos) hayan desplazado de sus agendas la idea de gobernar el país, objetivo para el que no existe ningún acuerdo, para sustituirla por la estéril opción de impedir que el otro gobierne, obsesión inicua donde las haya, para la que existen socios, cameos, cambalaches, minorías, antisistema, radicales, independentistas y populistas a gogó, a los que nunca les faltan los leves analistas de la posverdad y los académicos de la gauche divine, dispuestos a primar lo gaseoso sobre lo sólido, y a limitar el ámbito de lo natural, discutible y enjundioso a todas las trapalladas inventadas para reescribir la historia y para hacer a toro pasado todas las revoluciones-industriales, nacionalistas, obreras y laicistas- que no quisieron o no supieron hacer a su debido tiempo.

Y ahí está el gran reto de los nuevos líderes: impedir que el Gobierno gobierne, demoler la política actual para crear las condiciones objetivas para una revolución socialpopulista, y hacer una breve estancia en la Moncloa que los habilite para dar conferencias a precio de oro, hacer mediaciones internacionales debidamente remuneradas, y engrasar sin ruborizarse las puertas giratorias. Pero el pueblo les seguirá votando. Porque nada hay feo ni malo para quien ha sido previamente seducido.

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