La túnica de piedra


La vida no podemos controlarla, solo navegar por ella». Quien así habla es Michael Caine a Bob Hoskins en la película Mona Lisa, de Neil Jordan. Obviamente, Hoskins no atiende a palabras, se deja arrastrar por los sentimientos y todos acaban bañados en sangre. Siempre habrá dragones empeñados en morder las piedras como se puede ver en los capiteles de algunas viejas abadías. O gente que no sabe buscar su destino o se empeña en contradecirlo. En Dunmore Head, la punta más occidental de Irlanda descrita por algunos como uno de los lugares más bellos de la Tierra, las vacas y las ovejas pacen calladas y pacíficas. De vez en cuando levantan la cabeza y parecen preguntarte con la mirada qué se te puede haber perdido por aquellos parajes aislados. Es como estar a la vera del mundo. Los extremos siempre ejercen una poderosa atracción. Cuando uno no es capaz de interpretar su propia brújula, el instinto lo lleva a andar detrás del Sol. El mar allá abajo trae mensajes indescifrables del infinito. En lo alto del promontorio está una piedra con signos del alfabeto Ogham, donde algunos interpretan que dice que allí se acaba el camino. El fin del peregrino, ese destino cierto, a veces tan difícil de establecer como capturar murciélagos. Lo peor es cuando el mundo queda a merced de los que perdieron la brújula. Así bogamos entre tempestades innecesarias, pero irreversibles. La lava de la corrupción lo arrasa todo. Trump, en su navegar errático, puede acabar ahogado en sus delirios o quemado en sus propios incendios. Además, Eris, la diosa de la discordia, se aposentó en las alcobas de Ferraz. Destinos crueles. ¿A quién le pondrán la túnica de piedra por los daños causados?

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