Una oposición banal e inconsistente


En una viñeta de Forges, a principios de los setenta, se respondía de forma clara y precisa a la enjundiosa pregunta sobre la función profesional de un contramaestre: «Es el encargado de llevarle la contraria al maestre». Y, para ilustrar tan evidente filosofía se veía un buque cañonero, con su velamen desplegado, en el que la orden de un curtido almirante, con mano en la pechera -«¡Todo a babor!»-, era repercutida comme il faut por un segundo con cara de pillo y sable desenvainado: «¡Todo a estribor!».

En aquel momento, dominados por el emergente contexto de la transición, todos creímos que aquel enredo del genial humorista era una crítica mordaz y astuta al franquismo caducado. Pero hoy, con nuevos datos y la docta perspectiva del tiempo, creo que lo que Forges estaba aflorando, con 45 años de antelación, era el modelo de oposición de la nueva política, cuya esencia consiste en emplear el sistema de representación institucional, elegido por los ciudadanos y pagado con generosidad por el Estado, para llevarle la contraria al Gobierno, de tal forma que, con absoluta independencia de la realidad de España, y dando por supuesto que el Gobierno es el maestre y la oposición el contramaestre, siempre que el Gobierno dice «¡a babor!», gritan ellos «¡a estribor!», y siempre que Rajoy ordena «¡al ataque!», le dicen al turuta que toque retirada.

Todos sabemos que una parte significativa de los esfuerzos realizados por un Gobierno democrático tienen el inevitable sentido de hacer electoralismo, ya que ese mismo Gobierno va a ser el principal encausado en el juicio general que se despliega en las elecciones siguientes. Y en esa misma medida podríamos convenir en que, aunque el deber esencial de una oposición es favorecer la acción de gobierno mediante una crítica severa pero absolutamente leal, también tiene sentido que una parte prudente de su actividad se dirija a potenciar el desgaste del Gobierno, como requisito necesario para poder sustituirlo.

Lo que no tiene ni perdón ni sentido es que el debate parlamentario se reduzca a un juego de contradicciones sistemáticas, banales y en nada pertinentes a la gestión de lo público. Lo que es una desgracia es que la oposición, en vez de construir una alternativa, y de ayudar a avanzar en lo que es pertinente al interés público, se dedique a demoler la obra histórica del Gobierno, a impedir cualquier solución de presente, a crear un contexto catastrófico para poder pescar en río revuelto, y a urdir toda clase de iniciativas destinadas a funcionar como trampas saduceas - «si responden que sí, malo; y si responden que no, peor»- de una dialéctica parlamentaria muy confusa, estéril, destructiva y ajena a la realidad del país. Y así, lamento decirlo, es nuestra fragmentada, populista, secesionista, chantajista y resabiada oposición: ¡una desgracia!

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