Por qué el 1 de mayo no es lo que era


Más allá de ser un día de vacación, fabricante consentido de suculentos puentes laborales, el 1.º de Mayo, la antigua fiesta internacional del trabajo, ha quedado reducido a una Fiesta de Exaltación de las Burocracias Sindicales. Porque las manifestaciones rituales que hoy recorren las calles solo acogen a empleados y delegados sindicales -con sus familias y amigos- que afirman con más fervor la necesidad de una estructura sindical esclerotizada y oficialista que la unidad y solidaridad de las reivindicaciones obreras. La estética actual del 1 de mayo es más rancia que el unto viejo, y está más alejada de los asalariados que las socorridas jaculatorias que dice el Gobierno -«crecer y crear empleo»- en cualquier lugar y por cualquier motivo.

El 1.º de mayo no es ya lo que era. Y en ese derrumbe estrepitoso intervienen algunas razones que conviene recordar. La primera, que, en contra de las proclama clásicas, y de los himnos y las cartelerías rituales, el 1.º de mayo nunca fue la fiesta de todos los trabajadores, sino la exaltación de los proletariados industriales y urbanos que, beneficiados por su concentración y su organización sindicalista y política, constituían un formidable grupo de presión -en favor de sus propios intereses- que apenas repercutía en los otros trabajadores -campesinos, pescadores, jornaleros, empleadas de hogar, autónomos y empleados de las pequeñas empresas-, que, en términos generales trabajaban y se jubilaban en peores condiciones.

Esta especialización sindical, que fortalecía a los sindicatos, aceleraba su crecimiento y politizaba fuertemente el movimiento obrero, acabó excluyendo de la fiesta a técnicos, profesionales, burocracias medias y altas, y trabajadores de las pymes, que, además de ser la mayoría del empleo actual, reflejan con más fidelidad la imagen y la tipología de los actuales trabajadores de la industria que aquellos estereotipos de mono azul, llave inglesa y aceitera que tanto cultivaba el viejo sindicalismo. Los sindicatos, digámoslo claramente, ya no disponen de una clientela típica. Y por eso han derivado hacia acciones puntuales, intensamente clientelares, que anteponen la casuística y el localismo de los problemas a la idea de unidad y solidaridad del antiguo obrerismo.

El último problema es que los sindicatos están más burocratizados y son más inmóviles que la política; se legitiman sobre una cooptación de líderes que se apegan al poder como las lapas; y que en casi nada responden a las necesidades e inquietudes de una clase trabajadora moderna y especializada, muy competitiva y diversificada por sus empleos, políticamente plural, y muy alejada de la clásica confrontación entre obreros y patronos que algunos reivindican. Por eso me temo que el 1.º de mayo sea ya una reliquia. Como una Feria Medieval, o la Fiesta de la Vendimia.

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