Saqueos y saqueadores


Vivimos conmocionados por las noticias de saqueos. En Venezuela, tropas no sabemos si de hambrientos, desharrapados, antichavistas, chavistas o simplemente amigos de lo ajeno saquean supermercados y panaderías. En España, políticos encorbatados y presuntos empresarios saquean empresas y organismos públicos. 

Son pueblos, ciudades, establecimientos comerciales y entidades de todo tipo lo que se saquea, aunque hay quien considera que el complemento directo de saquear es el fruto de la depredación. Un medio informativo argentino así lo emplea: «Se bajan más de 20 personas [a un centro de ayuda para víctimas de unas inundaciones] y empiezan a saquear todas las cosas». 

Originalmente, saquear y saqueo se aplicaban a las acciones de los soldados que entraban en tierra enemiga y se apoderaban de lo que encontraban a su paso. Célebres fueron los saqueos de Roma y el de Amberes de 1576. Este lo conocen por allí como la Furia Española, pues fueron soldados españoles amotinados los protagonistas del episodio que costó la vida a varios millares de personas. Militares españoles, alemanes e italianos integraban el ejército de Carlos I que entró a saco en Roma en 1527, en una acción que a punto estuvo de costarle la vida al papa Clemente VII. Iglesias, monasterios y palacios fueron despojados de obras de arte y otros objetos de valor. Carlos I, oficialmente muy apesadumbrado, vistió luto por las víctimas. 

Fue aquel el saco de Roma (il sacco di Roma). Saco es la acción de poner o entrar a saco en un lugar. En otros tiempos se hablaba también de pecorear, verbo hoy en desuso, y en España se empleaba un sustantivo de origen árabe, algara, sinónimo de saqueo, que daba nombre tanto a la tropa a caballo que saqueaba las tierras del enemigo como a esas correrías. 

En italiano existe saccomanno, del que procede el español sacomano, que equivale a saqueo, aunque en otro tiempo el sacomano era también el salteador de caminos. Modernamente, los sacomanos los perpetran civiles, que actúan en lugares enmoquetados y aparentemente a salvo de pillajes, como el madrileño Canal de Isabel II, y sin necesidad de violencia física, pero con preas o botines millonarios que hacen recordar los fructíferos saqueos de Roma a cargo de visigodos y vándalos.

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