A torre vixía

No hay solución sin política


Tras el estallido de la operación Lezo -que viene a desmentir todos los disimulos y medias verdades que sirvieron para dejar atrás a Bárcenas, a la Púnica, a la Gürtel y al sursuncorda-, el PP tiene tres enormes problemas encima de la mesa: el de ser el partido más corrupto en un país muy tocado por la corrupción; el de ser el actor político más amenazado por los gases tóxicos de su inmenso estercolero; y el de haber reducido a cenizas su potencial de gobernabilidad, mientras empoderaba a una oposición que tiene crecientes opciones para promover una alternativa.

 

Por no haber medido la profundidad del lodazal, o por carecer de fortaleza e inteligencia para afrontar una monumental catarsis, los dirigentes del PP cometieron el error de echarse a un lado, haciéndose los inocentes, y externalizar toda la estrategia de regeneración hacia un aparato judicial de lentitud exasperante, hacia unos medios de comunicación más expertos en espectacularizar la corrupción que en crear instrumentos para erradicarla, hacia una sociedad indignada y ávida de venganza, y hacia una oposición que cifra todas sus expectativas en el uso carroñero de las insinuaciones, las sospechas, la ambigüedad y el populismo. A esto debemos añadir que una gran mayoría de españoles cree que la corrupción no anida en las personas, ni en los depredadores de lo público, sino en la política misma. Y por eso piensan que para acabar con esta lacra hay que relevar a la política de sus funciones esenciales, para que vengan fuerzas externas -jueces, electores y moralistas- a fumigar sin piedad el campo de operaciones. Y ese es el error garrafal en el que ya estamos cayendo.

Si la solución fuese solo judicial, estaría muy claro que no cabe pararse en barras, y que, aplicando el «fiat iustitia et pereat mundus», deberíamos proceder a extirpar las malas hierbas hasta sus raíces, aunque el veneno regenerador acabase también con las lechugas y el trigo. Pero en política no se puede actuar así, matando el perro para acabar la rabia, y dejando tras las catarsis una sociedad enferma y una regeneración imposible. La política es buena porque no mata para curar, ni sacrifica un bien primario para lograr otro secundario.

España está entrando en un torbellino destructor de imprevisibles efectos, y precisa que la inaplazable lucha contra la corrupción se haga sin dejar tierra quemada. No es inteligente depurar la política en el crisol del caos. Y para eso necesitamos que el PP lo entienda, que la oposición renuncie a embarrar el campo, que la indignación no se transforme en venganza, y que los jueces fumiguen lo justo, rápido y con esa cordura que es esencial a la justicia. Aunque mucho me temo que ya es tarde para todo esto, y que, con la mejor y más justiciera intención del mundo, estamos preparando la ruina de una generación entera.

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