Torpedos


21/04/2017 05:00 h

No acaban de calmarse las aguas sobre las que Rajoy trata de timonear la nave del PP. Muchos se han ido cayendo por la borda a medida que avanzan las investigaciones por corrupción. Pero qué difícil resulta creer que el partido quede libre de mancha con el gesto -imprescindible- de suspender de militancia a una persona que tanto predicó como Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid. Como inverosímil resulta que Esperanza Aguirre, con gesto entre compungido e indignado, asegure que ella, la lideresa, ni decidía a qué actos acudía ni sabía quién se los organizaba.

Nadie conoce a nadie. Eso es lo que sucede cuando vienen mal dadas. Y Mariano Rajoy, que nunca se arrepentirá lo suficiente de aquel mensaje en el que le recomendaba -o le imploraba- fortaleza a Luis Bárcenas, tendrá que decir a quién conoce y de qué cuando acuda como testigo a declarar en el juicio del caso Gürtel. Comparecer como testigo no implica presunción alguna de culpa, no es ni siquiera lo que antes se llamaba imputado. Pero un testigo jura decir la verdad y solo la verdad antes de prestar declaración. Hay que presumir que Aguirre dice toda la verdad cuando afirma que no conoce a Correa, el cabecilla de la Gürtel, pero cuánto cuesta creerlo.

Rajoy no acaba de sacudirse todas las pulgas de la corrupción que encontraron acomodo en el PP. Lo peor que le puede pasar es pensar que capeará el temporal porque, a fin de cuentas y aunque sea en minoría, sigue siendo el más votado. Mala deriva. No solo porque esos cálculos pueden acabar abriéndole una irreparable vía de agua. Sobre todo, porque son torpedos directos a la línea de flotación de la propia democracia.

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