Lloros en diferido


21/04/2017 08:41 h

No hay motivos para pensar que las lágrimas que derramó ayer Esperanza Aguirre, a la salida del tribunal, no sean sinceras. La tensión de la declaración, la detención de su íntimo, ver cómo se le cierra el cerco y la retirada de apoyo de la gran parte de su partido serían motivos más que suficientes para que cualquiera de nosotros sollozásemos. Lo que ocurre es que, en el caso de la lideresa, los gimoteos son en diferido, que diría su compañera de partido, porque tenía que haber lloriqueado diez años atrás, cuando comenzó toda esta aventura de enriquecimiento y saqueo de los populares madrileños. 

Puede llorar lo que quiera Esperanza Aguirre, pero lo hace demasiado tarde. Porque desde el año 2010 en que se conocieron las primeras evidencias de los negocios de González, Granados, López Viejo y todo el clan popular, dispuso de tiempo más que suficiente para informarse, llorar, adoptar medidas, seguir llorando, desprenderse de los corruptos, volver a llorar y decirlo públicamente. Pero hizo exactamente lo contrario. Cerrar los ojos a la realidad y defender a quienes se hacían de oro a nuestra cuenta. Y descalificar a quienes los denunciaban.

Resultan emocionantes y enternecedoras las lágrimas de ayer de la lideresa. Por poco nos lleva a todos a llorar desconsoladamente. Y defenderíamos su dolor si no fuera porque durante años se convirtió en la cabeza visible de una banda de asaltadores de las arcas públicas que nos han costado cientos de millones de euros. Esperanza Aguirre, la que ayer lloró, fue la jefa de una manada de bandoleros.

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