a torre vixía

La «tramaacús»


La más peligrosa de las tramas de delincuentes que pululan por España -lo digo sin ánimo de ofender, y como devoto homenaje a la libertad de expresión- está integrada por los que pusieron en marcha el tramabús, y por los que, poniendo en evidencia que ni la justicia ni la Administración son iguales para todos, toleran una valla publicitaria rodante en la que se atenta con luz y taquígrafos contra personas honorables que ven masacrada su presunción de inocencia con todos los silenciamientos favorables. 

Podemos, y otros representantes de la nueva política, están urdiendo una trama que, con la inestimable ayuda del creciente populismo judicial, trata de derribar, al margen de las urnas, a todas las personas, partidos, medios de comunicación e instituciones que les impiden alcanzar en una sola legislatura los cielos del poder. Y para eso han creado una cultura inquisitorial y sumarísima que, falseando principios tan sagrados como la transparencia democrática y la igualdad de todos ante la ley, les permite ir retirando de la circulación a cualquiera que les estorbe, aunque para ello tengan que poner en su picota móvil a personas tan relevantes como Aznar, González, Cebrián, Villar Mir, Aguirre e Inda, a los que acusan de formar parte de los operativos necesarios para que otros delincan.

Es cierto que en el mismo bus también van retratados algunos procesados o condenados como Díaz Ferrán, Blesa, Pujol, Rato o Arturo Fernández. Pero no nos engañemos. El tramabús no utiliza los nombres tocados por la Justicia para aumentar su oprobio, sino para que su imagen contamine a las verdaderas víctimas del odio podemita sin necesidad de hacer acusaciones explícitas, sin referenciar hechos concretos, y con el agravante de incluirlos en redes de rapiña e injusticia a los que el pueblo indignado y ofuscado es especialmente sensible.

Pero lo malo no es lo que hace Podemos, que es cosa de demagogos, populistas, ambiciosos e inmaduros. Lo malo es que este tramabús funciona gracias al automatismo destructor que se establece entre los difamadores y acusadores profesionales y la Justicia, y gracias a la permisividad insoportable con la que se mueven todos los que, en vez de actuar institucionalmente y dentro del sistema, aprovechan todas las oportunidades y resquicios del propio sistema para tirar contra él.

Merced a esta permisividad, y a los complejos que germinan en la mente de los que quieren hacerse perdonar su estatus o sus ideas, media España se encuentra atemorizada por estas tramas de acusadores indecentes y temerarios -la tramaacús- que, en nombre de la justicia y la democracia, machacan sin piedad a cualquiera que discrepe de ellos. Y mucho me temo -porque soy experto en esto- que todavía estemos en el prólogo. Y que el último capítulo será la triste historia de la Laica Inquisición.

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