a torre vixía

Comprobado: el diablo no descansa


Cuando llegan las fiestas de fuerte arraigo, como la Navidad o la Semana Santa, llenas de simbolismos culturalmente aceptados y de buenas oportunidades para el ocio y la vida social, siempre tenemos la ilusión de cortar con la monotonía de la vida laboral, con la contumaz presencia de cierta insufrible actualidad, y con horrendos personajes que, instalados en su particular burbuja, administran sus ideas y obsesiones como los martillos pilones, capaces de convertir un inocente bloque de hierro en justicieras espadas. 

Yo, que cada vez me noto más antiguo, hago lo posible para favorecer esta ruptura. Y por eso pasé estos días haciendo otras cosas, escuchando otra música, leyendo libros empolvados y rezando en latín. Hasta que ayer por la tarde, mientras organizaba el maletero, me di cuenta de que todo mi esfuerzo fue inútil. Porque, como dicen en Forcarei, «o demo non descansa», y tengo la amarga sensación de que todos los pelmas y arteros del orbe han aprovechado este ínterin para trenzar a placer sus venenosas urdimbres.

Trump, por ejemplo, aprovechó el Jueves Santo para estrenar la mayor bomba no nuclear de la historia, y para recordarnos que solo usa sus cartas para hacer solitarios. También Erdogan, insólito candidato a sultán otomano, aprovechó el Triduo Sacro para cerrar su campaña electoral, y para amenazar con que «se van a enterar de lo que vale un peine» los que no voten patrióticamente. E incluso King Jon-un, el apuesto líder de la feliz y rica Corea del Norte, usó estas cortas vacaciones para barnizar los misiles intercontinentales con los que quiere brindar al Pentágono una buena oportunidad para deshacerse del armamento caducado y encargar más misiles de última generación.

En un segundo nivel de peligrosidad, pero con idéntica contumacia, tampoco descansaron el inefable Maduro, que ensaya nuevos caminos hacia la dictadura; la mosquita muerta de May, que quiere convertir el brexit en un río revuelto en el que el desfibrilado Imperio Británico pueda volver a pescar; y los gamberros, que, aprovechando el rebufo que dejan el Estado Islámico y sus franquicias en medio mundo, quisieron sembrar en Málaga y Sevilla sus peligrosas estampidas.

Tampoco faltaron a la cita con el diablo Putin, Al Asad, Le Pen y gente así, que, encuadrados en la enorme tropa de listillos que gobierna el mundo, caminan siempre al borde mismo del abismo. Aunque lo que más pereza me da, y más hondamente me deprime, es volver a escuchar la monserga catalana, su cansina estupidez, y su reflejo -¡como si fuese una insólita noticia!- en todas las tertulias del país. Porque tengo la impresión de que el diablo, además de urdir sus celadas, nos conduce a ellas con brillantes maniobras de distracción. Por eso tenemos un mundo más peligroso que hace diez días. Como si nadie quisiese tirar del freno de mano.

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