La epifanía del populismo rampante


26/01/2017 08:57 h

Una epifanía no es más que el afloramiento repentino de una realidad subyacente. La Iglesia, que sabe mucho griego, le llamó Epifanía a la fiesta de los Reyes Magos, porque su presencia en Belén hizo aflorar ante el mundo la realeza espiritual de Cristo. Y yo le llamo epifanía -con minúsculas- al muro que Trump quiere levantar entre México y Estados Unidos, porque pone de manifiesto el desorden populista que afecta no solo a la política y a todos sus componentes cívicos y jurídicos, sino también a los análisis económicos, sociológicos, estratégicos y científicos que determinan la trayectoria de nuestro atribulado mundo.

Para entender lo que digo hay que recordar que Trump no va a iniciar la construcción de ningún muro, sino a terminar un muro iniciado en tiempos de Clinton que ya mide mil kilómetros (desde Santiago hasta Alicante). También hay que recordar que el primer muro moderno se instaló en Europa, separando el Este y el Oeste. Y que la plaga de los muros se extendió recientemente por Israel y por algunos países fronterizos de la UE. De hecho no hay frontera que se precie (Corea, Marruecos, Calais o Irán) que no tenga sus muros y alambradas en constante crecimiento. Porque Trump, al irrumpir con sus formas chabacanas y autoritarias en un mundo formalmente educado, pone de manifiesto el problema -la epifanía del populismo-, pero en ningún caso está inventando los virus del individualismo, el nacionalismo, el proteccionismo, la pérdida de la memoria histórica y el derrumbe de la cultura política que enseñorea los comienzos del siglo XXI.

Para ilustrar estas afirmaciones basta recordar que, mientras los europeos nos echamos las manos a la cabeza viendo maniobrar a Trump, nadie es capaz de afirmar que los trumpistas no van a ganar las elecciones en Francia, Holanda, República Checa o Polonia. Nadie sabe cómo y por qué los ingleses, que presumen de civilización y cultura, le metieron la puñalada trapera a la UE. Nadie sabe qué bajas pasiones y que desnortes intelectuales alimentan la indulgencia con los separatismos que amenazan a España, Italia y Bélgica. Ni nadie sabe por qué, en un momento propicio para los análisis políticos y económicos que podrían convertir la crisis en una oportunidad para las reformas sociales y políticas, nos estamos embarcando en un populismo demagógico y ciego que -como recordaba ayer Blanco Valdés- está sumiendo en el desorden las estructuras políticas e ideológicas de la democracia liberal.

Trump es y parece un bárbaro. Pero su tribu ya existía mucho antes, y sus venenos llenan de tragedias la memoria de Europa. Los tratamientos sintomáticos del populismo ya no sirven de nada. Y si la ciudadanía sigue siendo egoísta y cortoplacista, no habrá regeneración posible. Porque el tumor principal -que ya era grave- nos ha llenado de metástasis.

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