Desmontar al Daesh


Presidente de la Fundación Araguaney-Puente de Culturas

Desmontar, destruir, verbos que en sí mismos llevan implícitas pérdidas morales, humanas y, ya lo creo, materiales. Arrasar, acabar con lo que no conviene o lo que nos es nocivo puede fluir sobre un plan trazado con lógica y temperamento, marcando un claro comienzo, pero un vete tú a saber en qué barbarie termina. Sin embargo, cuando hablamos de desmontar al Daesh, la cosa cambia. Y cambia porque los parámetros de salida son más específicos en cuanto a responsabilidades, ya que en su consolidación como interlocutor válido estamos todos. Todos.

A poco que nos fijemos en las áreas de influencia y poder, la presencia del Daesh  abarca un entorno geográfico perfectamente delimitado. Si no son más que un grupo sanguinario, terrorista y aniquilador, ¿cómo pueden ser dueños y señores de un territorio, a modo del mal llamado Estado Islámico? He aquí la descarnada paradoja, ya que lo primordial para erigirse como Estado, como nación con identidad e intereses culturales, sociales y económicos comunes, es tener pueblo. Seres humanos que vivan, gocen, rían, lloren, crezcan, estén en acuerdo o desacuerdo con lo que hace un Gobierno, pero, en todo caso, formen parte de un objetivo común que se llama identidad nacional. Cuando los milicianos son los encargados de someter y aterrorizar a sus gentes, solo para consolidarse como los elegidos, hablar de Estado es una infamia contra los siglos de historia de la civilización islámica. Dantesca matanza en la que la banda sonora son los disparos, las muertes sin piedad, el sometimiento de los que no tienen nada y ya nada tienen que perder, salvo la vida. 

A nadie escapa que Turquía es una de las grandes afectadas en esta contienda. Su condición de zona fronteriza con el ámbito de influencia del Daesh hace que el mercadeo de alimentos, bienes, petróleo, drogas y armas esté a la orden del día. No es raro, pues, ver a militares y traficantes haciendo negocio con el otro lado de la frontera, con la tolerante y erudita Europa pasando por la puerta turca. Fruto de esta frenética actividad surgen grupos mafiosos, de poder absolutista y radical, a los que benefician los campos abarrotados y sin control de refugiados, que se sostienen con los 5.000 millones de euros provenientes de la UE. 

Que Daesh salga beneficiado es un punto que podemos matizar, pero no negar, porque hacerlo les da poder como interlocutores y oxígeno como asesinos sin piedad. El apoyo y las inversiones multimillonarias de capitales emiratíes, cataríes y saudíes son prioritarios y vitales para su economía; de lo contrario, no podrían abastecerse ni sufragar su propia existencia. Pero también Turquía saca beneficio de la existencia del Daesh, retroalimentándose de su letal acción para así convertirse en una potencia mundial. Con todo, mi gran extrañeza es la ausencia de Israel, director en la sombra y ganador final, en los análisis y noticias relacionadas con esta guerra genocida.

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