Vender el alma para llegar al poder


El texto firmado por Sánchez y Rivera no es un acuerdo de investidura ni un pacto de Gobierno, porque eso solo lo da una mayoría de diputados que en este caso no existe. En realidad se trata de una declaración de principios, tanto en su contenido como en su intencionalidad.

Empezando por lo segundo, el pacto del PSOE con Ciudadanos -rompiendo con ello cualquier posibilidad de una alianza con las fuerzas a su izquierda- supone la constatación del poder del aparato del partido y de su vieja guardia para imponerle al candidato Sánchez una estrategia muy diferente a la que defendió en la campaña electoral y aun después de conocido el resultado. Aún no se ha destacado de forma suficiente pero lo más relevante del acuerdo es que, en una situación en la que el PSOE debe elegir, prefiere pactar con la derecha y no con la izquierda, situándose así en un ambiguo espacio ideológico de centroizquierda. No es la primera vez que sucede, pero en este caso la decisión le supone un enorme riesgo, porque nunca como ahora hubo más de 6 millones de votos a opciones electorales situadas a su izquierda.

Esta decisión de política de alianzas es, sin duda, una opción estratégica de largo recorrido porque en las próximas elecciones -que con gran probabilidad se celebrarán el 26J- el PSOE se va a presentar atado a esa alianza con la derecha emergente, renunciando a su discurso histórico de fuerza referencial de la izquierda en España. Que no se confunda nadie, ni la dirección del partido ni su militancia, que con su voto tiene que refrendar (o rechazar) el acuerdo: lo que se está decidiendo es un cambio trascendental en la naturaleza del PSOE, en su definición ideológica.

Y eso se pone de evidencia en el contenido del texto acordado. Es cierto que se trata de un texto genérico, amable, modernizador? pero también lo es que abandona la senda de transformación social y los valores de la izquierda sobre los que el PSOE ha construido siempre su discurso electoral, y de forma especial en las últimas elecciones. Hay muchas renuncias en las 66 páginas del acuerdo, pero hay tres que van al fondo de su alma socialdemócrata. El acuerdo no habla de restaurar los destrozos causados al Estado del bienestar en los últimos cuatro años. Al contrario, la aceptación de la senda de consolidación fiscal y la renuncia explícita a una verdadera reforma fiscal impide recuperar, por ejemplo, los 25.000 millones de euros en los que se recortó la sanidad, la educación o las prestaciones por desempleo.

Se renuncia también a derogar la reforma laboral del PP, una de las principales banderas del PSOE en la campaña electoral, uno de sus compromisos más firmes para pedir el voto de los trabajadores. Peor aún, se precariza aún más el empleo con una extraña formula de contratación temporal para dar cabida en el acuerdo al contrato único sobre el que tanta propaganda hizo Ciudadanos.

Y por último, el discurso de combatir la pobreza laboral y la desigualdad se cae por tierra cuando se habla de subir el salario mínimo el 1 %, mientras que en su programa electoral hablaba de subirlo un 50 % en dos legislaturas. ¿Qué dirá de todo esto la militancia del PSOE, que votará en su referendo interno? ¿Se atreverá a rectificar a su dirección?

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