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desde la corte

Sánchez, misión (casi) imposible

03 de febrero de 2016. Actualizado a las 05:00 h. 43

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Ni en sus mejores sueños hubiera imaginado Pedro Sánchez, Superpedro, hace solo tres meses que el rey le encargaría la formación de Gobierno en España. La interpretación de lo ocurrido se parece mucho a la que hicimos ayer en esta columna: Su Majestad no tuvo más remedio. Si Rajoy seguía declinando, la Corona tendría dificultades para negar su oportunidad a quien se la pide y promete encontrar aliados. O lo encargaba a Pedro Sánchez, o daba tiempo para reflexionar y dialogar, o mandaba poner en marcha los mecanismos para disolver las Cortes y convocar elecciones. Felipe VI optó por la primera, quizá por el motivo que explicó el señor Rajoy: ir a elecciones sería prolongar la inestabilidad.

Así pues, se ha resuelto una incógnita. Ahora vienen todas las demás: saber si el señor Sánchez consigue realmente formar una mayoría; lograr que esa mayoría sea coherente y tenga posibilidad de durar; que sus miembros y su filosofía política no aterroricen a los mercados ni hagan temer por la unidad de España; que, si llega a presidir el Gobierno, sea un gabinete de coalición y no una coalición de dos Gobiernos compitiendo entre sí, y que su legítima ambición por ser presidente no lo ciegue y le obligue a aceptar condiciones humillantes para él, para su partido y para el conjunto de la nación.

En todo caso, la pelota ya está en su tejado. Ahí se la puso el rey en un escrupuloso seguimiento del cauce natural de las cosas: fallado Rajoy, se llama al siguiente. Lo que pase a partir de ahora es su tarea. Uno, modestamente, le aconsejaría que no despreciara los argumentos que alega Rajoy para justificar la gran coalición PP-PSOE-Ciudadanos. No le digo que siga esa hoja de ruta, pero sí que piense en la demanda de estabilidad; en las exigencias que pueden ser odiosas, pero son reales, de los mercados, y en la necesidad de contar con diputados suficientes para hacer las reformas que este país necesita, desde la electoral a la constitucional. La coalición de izquierdas suma casi doce millones de votos, pero no está demostrado que garantice la estabilidad, ni la confianza de los mercados y los inversores, ni mayoría cualificada para las reformas.

Ayer esbozó unos cuantos objetivos como anticipo de su discurso de investidura. Sonaron bien, porque todo político tiene muy buenas palabras y mejores intenciones. Pero, a pesar del encargo real, no hay seguridad de que llegue a ocupar La Moncloa. Las negociaciones que tiene por delante son más que difíciles. Los acuerdos que necesita están condicionados por muchas incompatibilidades entre partidos. Si supera esas dificultades, la mayoría que busca no me gustará. Pero seré el primero en desear su éxito. Porque será el éxito de mi país.

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