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a torre vixía

España no está para el bricolaje político

14 de enero de 2016. Actualizado a las 05:00 h. 91

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Lamento que el concepto de bricolaje político no sea mío, porque expresa con exactitud abraiante lo que pasa estos días en España. Yo lo tomé de la politóloga Emilie Sueur, analista del periódico libanés L'Orient-Le Jour, que, comentando la ligereza con la que muchos políticos y analistas daban por superadas las alarmas que hizo saltar Marine Le Pen en la primera vuelta de las elecciones regionales, titulaba así su magnífica pieza del 14 de diciembre: L'heure n'est plus au bricolage.

España tampoco está para bricolajes. Pero si usted se fija en la preocupante verborrea que domina nuestra política, verá que todo lo que hacemos resulta comparable a que, ante la necesidad de reparar el retablo mayor de la catedral de Sevilla, formásemos una cuadrilla de manitas que, tras abrir una cuenta en Leroy Merlin -para comprar barnices y purpurinas, tableros aglomerados y guarniciones de chopo- pusiese manos a la obra.

España es un país tan perfecto, al menos, como el colosal retablo de Pyeter Dancart. Y el hecho de que haya acumulado polvo y rendijas, o haya perdido algunos brillos y colores, no justifica que, haciendo dejación de un sistema constitucional de enorme calidad, y olvidando toda la cultura artística que nos adorna, hayamos bajado de los andamios a los mejores expertos, para sustituirlos por locuaces aficionados que lo van a arreglar todo baratito y en cuatro patadas.

En boca de Pablo Iglesias todo lo importante -la reforma constitucional, el rescate social, el problema territorial, la modernidad política, los referendos a la carta, la auditoría de la deuda y los programas de transparencia- cabe en cuatro frases retóricas adobadas con demagogia. En boca de Sánchez el enorme shock que supusieron la crisis, los ajustes y el cambio de los modelos económicos y financieros internacionales, se resumen en tres recetas: derogar la reforma laboral, quitar a Rajoy para dejarle el sitio a un triunvirato de izquierdas, y volver, con solo algunos matices, al brillante Zapatero.

Y en boca de muchos analistas e intelectuales que dominan el cotarro mediático, todo el complejo de crisis y miseria en el que nos hemos hundido justifica que, tanto el sistema nacido del consenso, como la gobernabilidad trabajada con perseverancia y acierto encomiables, puedan ser triturados por una cháchara poligonal y babélica a cambio de que al bricolaje reconstructor -hecho con purpurina y tableros de aglomerado- le llamemos diálogo y pacto.

En ello andamos. Inventando juramentos, reconfigurando el parlamento en grupos que caben en un taxi, y solemnizando el cambalache. Como si la opción entre gobernabilidad y caos se estuviese jugando a los dados. Lejos de hacer alta política, nos ha invadido la fiebre del bricolaje. Y en este país, finísimo retablo de maravillas, l'heure n'est plus au bricolage.

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