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Desde la corte

Al servicio de una sola persona

05 de enero de 2016. Actualizado a las 05:00 h. 46

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Que no; que no insistan los de la CUP, ni los de la Esquerra ni nadie: Convergència Democrática de Catalunya no tiene otro candidato a la Generalitat que el muy célebre Artur Mas i Gavarró. Aunque se hunda el mundo, Artur es y será su hombre. Aunque aparezcan las siete plagas, no hay nadie mejor ni más querido. Aunque no quede nada de ese partido, Artur Mas será su candidato hasta que el último céntimo se dedique a pagar el recibo de la luz. Es lo más emocionante que hemos visto en política en los últimos tiempos. Es como si partido y presidente fuesen un matrimonio canónico comprometido a la lealtad y a la defensa mutua «en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad y así amarte y respetarte todos los días de mi vida».

Mirad que la trayectoria de partido del honorable es discutible. Mirad que siempre tuvo que adelantar elecciones por pérdida de apoyos. Mirad que sus mandatos no han sido los más prósperos para la comunidad y los termina con altos índices de pobreza, con el bono catalán convertido en basura por las agencias de calificación, con un endeudamiento que Cataluña tardará siglos en pagar y con una burguesía -su tradicional base social- desorientada y a veces traicionada por las necesidades políticas coyunturales de Mas?

Pues bien: a pesar de todo, Convergència Democrática de Catalunya se reunió ayer y mandó a decir por boca de su secretario general que «CDC, como integrante de Junts pel Sí, no propondrá ningún otro nombre que no sea el del president Artur Mas». Lo habían pedido los diablos de la CUP. Lo había sugerido un irreverente de Esquerra como Joan Tardá. Está en todos los diagnósticos: el no de la CUP es un no personal a Mas; si se propone otro candidato, incluso de Convergència, se podría proceder a su investidura y de su mano se podría avanzar por la anhelada senda del proceso de desconexión con España. Y nada, oiga. El vínculo con Mas es sagrado. Indisoluble. No hay nadie que merezca sustituirle. Es preferible pasar otros cuatro, cinco o más meses sin Gobierno; es preferible jugárselo todo en unas nuevas elecciones que entregar su cabeza a un grupo probablemente antipático, pero con quien tanto y tan humillantemente se negoció.

Allá Convergència y sus compromisos y convicciones. Sus razones tendrá para aferrarse tanto al señor Mas. Pero sépase una cosa: este episodio quedará para la historia como el ejemplo máximo del hombre que no suelta el poder que tiene y espera conservar por muchas hostilidades que encuentre.

Y algo seguramente peor: toda una organización política y todo un país, Cataluña, se ha puesto a partir de ayer al servicio de una sola persona. A esto en la literatura política se le llama caudillismo.

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