Alexis Tsipras se quita la careta


29/06/2015 05:00 h

Lo de Grecia no tiene remedio. Y no porque el problema sea inabordable, sino porque Alexis Tsipras está empeñado en hundir a los griegos en la desesperación a cambio de convertirse en el héroe capaz de cambiar la fisonomía de la Unión Europea, poner fin a la economía liberal e implantar en Bruselas lo que podríamos llamar un comunismo de pillos, cuya esencia consiste en que los que quieran progresar se maten a trabajar y se administren responsablemente, para después repartir beneficios con los que esperan que les toque la lotería sin comprar el cupón. Porque Tsipras es un genio, y Varufakis su profeta.

Lejos de entender que su país tiene un problema, y de buscarle remedio, este inspirado Tsipras, que lleva camino de oscurecer a Pericles, y de convertir al trágico Edipo en un simple recadero, tiene la absoluta convicción de que Grecia, en realidad, no tiene ningún problema, y que los que están con el agua al cuello son los alemanes y sus bufones, que, después de saquearlos y engañarlos, y de obligarlos a malgastar los fondos de cohesión que con tanta generosidad les entregaron, se dan cuenta de que sin los griegos no pueden vivir, y que toda la UE corre peligro de esmendrellarse si Tsipras el Magno no impone la firma sin condiciones de un nuevo rescate de 16.000 millones de euros, de los que España debe poner 1.760 millones, a los criminales de la troika.

Todo esto sería una comedia de Aristófanes, en vez de una tragedia de Sófocles, si Tsipras no hubiese montado sobre tan estúpido argumento un chantaje populista con el que quiso lograr al mismo tiempo el engaño de sus votantes y la cesión irracional del Eurogrupo.

Y bien lo hubiera logrado, creo yo, si los líderes de los demás países no se hubiesen olido la tostada de desorden e ingobernabilidad que, en caso de cesión irresponsable, se abatiría sobre la UE. Por eso se plantaron los gobernantes y le cerraron el paso a los demagogos. Y por eso el astuto Tsipras decidió parapetarse detrás de un referendo populista, convocado ilegalmente y sin tiempo para informar al pueblo. Porque, en vez de ser él el que apuñale a su país por la espalda, quiere que sea el propio pueblo el que, seducido por la milonga del heroísmo, se suicide en masa, como una secta, para que él y Varufakis no tengan que dimitir.

Espero que todo esto se esmendrelle de una vez, porque cualquier solución que se pacte con esta tribu será pan para hoy y hambre para mañana, y no permitirá que se gobierne en serio a los que quieren ser gobernados. Tsipras, como Edipo, se dará cuenta algún día de que el problema de Grecia es él. Y por eso el gran Sófocles, que sabía de esto todo lo que hay que saber, no tituló su tragedia Oidipous Basileus, que sería el Edipo rey de nuestras traducciones, sino Oidipous Tirannos, que dice exactamente -Tsipras lo sabe- lo que quiere decir.

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