Eminencia discreta


16/06/2014 12:51 h

Cuando en su primer retorno a España, allá por los años 50, María Wonenburger volvió con su doctorado por Yale bajo el brazo, ilusionada y dispuesta a contribuir al desarrollo de su país, y se encontró con que las autoridades no le reconocían sus estudios, recomendándole que, como mujer, se dedicara a la enseñanza en un instituto, no se lo pensó dos veces. Se volvió a América para aceptar una de las muchas propuestas de las principales universidades norteamericanas y desarrolló allí toda su vida profesional, inicialmente en Toronto (donde fue la primera mujer profesora de Matemáticas), luego en Búfalo y al final en Indiana.

Reclutada por la Universidad de Bloomington (Indiana), pronto se convertiría en una eminencia internacional del álgebra, con valiosas aportaciones en el campo de la Teoría de Grupos clásicos, numerosas publicaciones y prestigiosos alumnos, como Robert Moody, que seguirían visitándola en su casa hasta después de su jubilación. A su amada Coruña solo regresaba en verano para pasar unos días en la casa familiar del Pasaje, donde los sobrinos la sorprendíamos haciendo yoga o taichí, cuando aquí nadie lo había descubierto. La felicidad le acompañó desde la infancia, cuando jugaba al hockey sobre patines, y nunca la abandonó; jamás mostró ni la más leve sombra de amargura por no haber cumplido su primer deseo, aportar sus conocimientos a la universidad española. No tenía tiempo para la melancolía: su curiosidad infinita lo ocupaba por completo. Con ella tenías que estar siempre en guardia porque ya fuera en el transcurso de un funeral, una breve visita o un encuentro callejero podía iniciar contigo un debate profundo e informado sobre tal o cual compositor, el cine de Almodóvar o su última lectura.

Luego vendría el regreso definitivo, al jubilarse a una edad en la que todavía podía haber aportado mucho a la universidad gallega, por ejemplo. Como tampoco tenía necesidad, nunca le molestó el ignorante desprecio. Continuó en el anonimato ajena a la autopromoción, sencilla y discreta, recibiendo visitas de alumnos llegados de todo el mundo, en compañía de su hermana Amparo, su sostén afectivo.

La universidad solo se acordó de ella al final y únicamente para rendirle unos homenajes que llegaron demasiado tarde, como siempre ocurre aquí, como si el talento genuino nos sobrara. Primero fue el premio de la Xunta a las mujeres científicas, que desde que ella lo recibió lleva su nombre; luego el doctorado honoris causa, el monolito frente a la Casa de las Ciencias y, finalmente, el parque en Oleiros. Falta la calle en su ciudad, a la que quiso siempre como al amante displicente, incapaz de valorar la entrega, sin esperar nada a cambio. El día que llegue volverá a escucharse su carcajada feliz desde el más allá, para siempre en compañía de sus queridos padres y de su hermano César.

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