La última lección de Gabriel García Márquez


Los escritores «son» por lo que escriben, no por lo que dicen, piensan, hacen. Estos días abundan los catequistas que hablan de todo lo marginal de Gabriel García Márquez: sus ideas políticas, amistades y aproximaciones. Los hay de todas las riberas. Aquellos que se solidarizan y, por lo tanto, piensan que sus novelas emanan de su sentir revolucionario; y los otros, aquellos que ven en su ideología un tamiz oscuro que enturbia la calidad de su prosa. Todos se equivocan, creo. De Márquez, que es puro talento literario, solo importa la obra. Ella permanecerá cuando nadie recuerde a Fidel Castro o, si me apuro, el marxismo. Lo que importa de Márquez es la belleza. Yo lo supe cuando adolescente leí La hojarasca. Veo su portada en color morado, carmesí, rojizo, quizá el color cambia en mi memoria como todos los recuerdos. Desde ellos escribo de este genio mayúsculo, vivísimo, insólito y cautivador.

De Gabo me interesa todo, incluso sus malas novelas, que también las tiene. Ignoro cuál fue el motivo que lo llevó a publicar, por ejemplo, Memoria de mis putas tristes: lo peor de un corpus narrativo de brillantez suprema. Era buena su primera novela, esa que varía el color en mis recuerdos. Arriesgada, como todo lo suyo. Tres puntos de vista diferentes para narrar una historia que discurre en media hora. Intrigante. Arriesgada, dije. Sin riesgo no existen los clásicos.

Márquez escribió -por lo menos- dos novelas que quedarán en la historia de la humanidad y las humanidades, como han quedado la Biblia o el Quijote. Las leo con frecuencia y forman parte de los placeres de mis días. Son Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera. De la primera está todo dicho. De la segunda no somos pocos los que proclamamos que es una de las eximias, insignes, novelas de amor de la historia de la literatura. Solo Stendhal puede configurarse como talento paralelo para distinguir la pasión del pasatiempo, la entrega de la simulación, la eternidad de lo evanescente o efímero.

En ella quería aludir, entre tinieblas, a sus abuelos. Todo en Márquez es un volver y revolver en las propias entrañas. No se puede hacer literatura de otro modo. No se puede escribir sin escribirse. Es una novela de la espera: porque el amor a veces es esperar. De lo extraño: porque es la extrañeza, el descubrirnos en otros ojos, quien enardece y enfervoriza. De la pasión: porque solo los apasionados aman, y esperan, enfervorizan y enardecen.

No puedo prescindir de Gabriel García Márquez. De su música: así se escribe. Las conjeturas anecdóticas que algunos semiólogos comentan (ideas políticas y otras jactancias) solo me producen hilaridad.

Sin Márquez ya es imposible entender la literatura. Esa es su última lección.

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