Desde la corte

Banderas republicanas

foto de Fernando Onega
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Me pongo a escribir esta crónica cuando se está celebrando la ceremonia de entrega de los premios Príncipe de Asturias. Creo que la he visto todos los años porque es una importante concentración de talento, comparable a la entrega de los Nobel; porque es la historia de un éxito, y porque es un espectáculo digno de verse, con su punto de patriotismo y de emoción. Este año mi perspectiva ha cambiado porque el acto estuvo acompañado por un ceremonial exterior novedoso, reflejo de alguna transformación de la sociedad. Al aplauso de las gentes que acuden a vitorear a la reina, los príncipes y los premiados en la Escandalera se ha unido la protesta de otro público que ocupó parte de la plaza. Lo veo en televisión, oigo el ruido de fondo, pero no alcanzo a percibir los gritos de los concentrados, porque los tapa el sonido de las gaitas. Solo puedo decir que son muchos y por encima de sus cabezas sobresalen las pancartas y banderas republicanas.

Ante el espectáculo, es precisa alguna consideración de urgencia. En primer lugar, sobre el hecho en sí de la protesta. Una vez más se vuelve a confirmar que no puede haber una presencia pública de autoridades del Gobierno o del Estado sin contestación ciudadana. Da igual quién sea esa autoridad. Por todas partes surge el abucheo, como expresión de irritación o descontento popular. Es la puesta en escena del enojo con la clase dirigente y no se distinguen funciones ni personas. Esa puesta en escena está derivando peligrosamente hacia miembros de la familia real, como se ha podido comprobar en Oviedo. En un año se ha pasado de la crónica amable, casi rosa, de un desfile de gente guapa y poderosa a una crónica de republicanismo que espero que sea ocasional.

En segundo lugar, la bandera republicana. Ya no hay manifestación, sea laboral, estudiantil, de los indignados o de las feministas, a la que alguien no acuda con esa bandera. No importa que sean muchas o pocas. Importa que es lo más visible e importa, sobre todo, la intención. Ayer en Oviedo se lucieron porque los republicanos quisieron hacer una exhibición. Y supieron elegir lugar y momento: el lugar, un símbolo de la popularidad de la monarquía y capital del Principado. El momento, cuando las televisiones están en directo en un acto que he llamado emotivo. Mis opiniones: 1) Todo el mundo tiene derecho a reclamar el régimen que quiera. 2) Alguien debería pensar si se contribuye a la imagen de una España estable ante figuras muy relevantes del mundo. Y 3) Lo que está pasando no se puede ignorar. Las instituciones, empezando por el Gobierno, debieran pararse a pensar si la monarquía está debidamente defendida y sus valores debidamente difundidos. Empiezo a pensar que no.