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El papa se atreve a decir no

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Sorprende al mundo el papa Benedicto XVI renunciando a su pontificado en un gesto tan insólito en la Iglesia que tenemos que remontarnos a los tiempos de Dante para encontrar un antecesor en la renuncia. El que, además, el papa tenga la valentía de aducir como razón que ya no tiene fuerzas para ejercer su ministerio es otra razón más para admirarlo. Salvo los niños de pecho de hoy, todos recordamos el grave deterioro físico de su antecesor Juan Pablo II, un superdotado de la comunicación adicto a las cámaras televisivas, que no nos ahorró a creyentes y ateos crudezas corporales en los últimos meses de su vida. La renuncia de Celestino V -en el mundo, Pietro di Murrone- enfureció a Dante, que se vengó del papa condenándolo, en su Divina Comedia, al infierno. En el canto III de su Infierno, Dante, con suprema poesía y odio gangsteril, escribe que allí «vi y conocí la sombra de aquel / que hizo por cobardía la gran renuncia». Cavafis dedicó a aquella renuncia el espléndido poema Che fece? il gran rifiuto (?Que hizo? la gran renuncia?) suprimiendo el per viltà (?por cobardía?) del original de Dante porque el poeta alejandrino, a diferencia del poeta italiano, comprendía plenamente la libertad total de la persona a la hora de elegir su destino. Basado en el mismo pasaje de Dante, Unamuno escribió el soneto titulado La gran rehúsa de espíritu, por supuesto, anticavafiano. El papa ha sido valiente.