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El día que esperaban a Suárez y llegó Ratzinger

foto de Fernanda Tabarés
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La primavera romana estaba siendo templaducha el día que Joseph Ratzinger se convirtió en papa. Aquella tarde del 19 de abril, cuando el alemán se asomó a la plaza de San Pedro, muchos fallaron en sus pronósticos. O en sus deseos. El larguísimo y expuesto pontificado de Juan Pablo II, con agonía televisada incluida, había consolidado la ortodoxia católica hasta un punto que desesperaba a los que creían que la Iglesia se encaminaba hacia el desastre si seguía desoyendo las ansiedades de la gente desde un Vaticano encastillado e insensible. El polaco aventó y sustentó el poder de las facciones más conservadoras de la Iglesia, de los focolares a los kikos, y el alma progresista de los católicos, incluidos muchos jesuitas, esperaba que el sustituto ejerciera un cambio de rumbo.

En los días previos a la rapidísima elección de Ratzinger, recuerdo una apasionante conversación con un salesiano ourensano que trataba de adaptarse a la rigidez romana tras pasar muchos años en el mundo real de una misión africana. «Vendrá un papa más progresista; si no, esto acaba en cisma», arguyó. Se regodeaba con angustia el religioso en los fallos de una institución que había empezado a perder apoyos en bastiones clásicos como Sudamérica o Europa. En la primera, las religiones alternativas habían empezado a ofrecer alegrías doctrinarias a los fieles mientras el viejo continente avanzaba en el descreimiento como nunca antes en la historia.

Aquel 19 de abril las esperanzas de nuestro amigo salesiano se desvanecieron. En el balcón apareció Joseph Ratzinger, aquel cardenal alemán que pasó de comulgar con las propuestas renovadoras del Concilio Vaticano II a presidir la Congregación para la Doctrina de la Fe. No se parecía mucho a Adolfo Suárez, un perfil que aquellos días se evocaba por parte de quienes ansiaban una transición en la Iglesia que la aproximara a la modernidad.

Ocho años después de aquellos días, Benedicto XVI ha tomado una decisión insólita y extraordinaria. Y esto no es nada frecuente en esa Iglesia que tantas veces ha preferido el inmovilismo frente al debate. Así que la pregunta hoy debe ser, ¿por qué ha dimitido Ratzinger?