Al pasar

El «hasta luego» de Benedicto XVI

foto de José Luis Meilán Gil
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La renuncia de Benedicto XVI nos ha pillado por sorpresa. Fuera del orden del día de un ordinario. No figuraba en la rumorología habitual. No existía ninguna causa inmediata que pudiera presagiarlo. Ha habido en estos últimos años circunstancias especialmente dolorosas a las que ha tenido que hacer frente y que están encauzadas. Lejos quedan polémicas levantadas por una interpretación desajustada de sus palabras. Es ya una anécdota la sorpresa suscitada por una lectura superficial de su último libro sobre la infancia de Jesús de Nazaret en lo que se refiere a la mula y el buey en el portal de Belén. También el asunto de las filtraciones de documentos en el Vaticano tiene aparcada su actualidad. Y, sin embargo, la decisión del papa, como él mismo ha reconocido al anunciarla, es resultado de una reflexión profunda: «Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia. Humanamente no es posible pedir mayor profundidad: por quien las ha pronunciado, por lo que representa, il dolce Cristo in terra, como decía Santa Catalina de Siena.

De «gran importancia para la vida de la Iglesia», la ha anunciado con admirable sencillez. Habría que decir más bien con la humildad de quien se consideró desde su elección como un trabajador en la viña del Señor. Con la impronta del riguroso profesor universitario, que no dejó de ser en estos apenas ocho años. «Consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad», como una escueta declaración de valor jurídico de la que se levante testimonio también ante todos quienes somos sus contemporáneos. Se ha subrayado la excepcionalidad de las renuncias habidas en la historia del pontificado. Benedicto XVI la ha motivado en unas pocas palabras que merecen no solo respeto, sino también, en quienes profesamos la misma fe, una adhesión que prescinde de especulaciones meramente humanas. Sin contradecir este sentimiento y sin forzar las expresiones usadas por el papa, me atrevería a subrayar que la singularidad de la renuncia conecta con la conciencia de la realidad de esta etapa histórica: un mundo «sujeto a rápidas transformaciones», al que se ha dirigido reiteradamente en estos casi ocho años en diferentes ambientes y diversas formas.

No este el momento para analizar todo lo que ha significado el pontificado de Benedicto XVI. Ha expuesto la doctrina de la Iglesia con extraordinario rigor intelectual, conocedor de las corrientes de pensamiento. En la encíclica Sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad, se analizan y da respuesta a las cuestiones fundamentales de nuestro mundo globalizado. La insistencia de su magisterio sobre la verdad ha hecho reflexionar sobre el empobrecimiento humano del relativismo, con intervenciones memorables en los Parlamentos alemán y británico. Ha estimulado en los creyentes el optimismo de la fe y sembrado esperanza en una humanidad que precisa de un referente moral. Su renuncia es la muestra de una entrega.