OTRAS LETRAS

El confeti de Ana Mato

foto de Fernanda Tabarés
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Creo que fue en Si yo tuviera un millón en donde un rico por accidente se empeñaba en pagar con un supercheque sin éxito. La sola visión del pagaré y de todos sus ceros disparaba la disposición para invitar de sastres y cocineros, hipnotizados por el mágico papelillo y las promesas que ocultaba. El poder deslumbra tanto al que aspira a tenerlo que a su alrededor prosperan felones y lameculos, oportunistas y codiciosos, desaprensivos y estafadores que ambicionan el lugar del tipo al que adulan con descaro abochornante. Es responsabilidad de los poderosos mantenerse a salvo de esta tropa, pero la realidad se empecina en demostrarnos que muchas veces magnates y mangantes progresan gracias a un sistema simbiótico como el del pez payaso y la anémona: yo te forro el riñón y tú me limpias la mierda. Cuando este mecanismo se sofistica, funciona como una precisa cadena de montaje de intercambios constantes y ritmo matemático. Es la métrica de la infamia, una constante histórica que muy pocas veces tenemos ocasión de detener desde la platea en la que manotea el populacho. Son los detalles de este engranaje despreciable los que mejor lo califican. Como los 4.680 euros que al parecer destinó Francisco Correa al lanzamiento de confeti en la fiesta de cumpleaños del marido de Ana Mato, un despropósito que estimula nuestra corteza cerebral para que imagine todo lo que es capaz de hacer alguien que dedica toda esa pasta a un chaparrón de papelillos. Solo en ocasiones, cuando los corruptores se convierten en traidores, certificamos que a a veces los dineros de nuestros impuestos apenas son serpentinas en las mesas de los ricos.