El ojo público

Yo también querría independizarme: de su tabarra

foto de Roberto Blanco Valdés
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La viñeta que dibujó un día el inmenso humorista Jaume Perich (El Perich), catalán de Barcelona y, por ello mismo, español de pura cepa, vendría hoy que ni pintada: «Deberíamos pedir a Cataluña que nos dé la independencia», decía uno sus inconfundibles personajes. La idea, que podría parecer una butade, encierra, sin embargo, una inteligente reflexión que, hoy, dos días después de que el Parlamento catalán proclamase el disparate de la soberanía catalana, está de plena actualidad.

¿Cómo expresarlo para que la idea quede clara? Lo problemático de la petición de independencia es que no está apoyada por el cien por ciento de los habitantes del país. Pues, de estarlo, la cosa tendría solución: Cataluña constituiría un nuevo Estado, marcharía hacia el desastre económico y la irrelevancia política en Europa y en el mundo, y aquí paz y después gloria.

No, no me he vuelto loco, según algunos pensarán al leer el párrafo anterior. Como proclamó J. F. Kennedy cuando visitó Berlín, «Ich bin ein Berliner» (yo también soy berlinés), podría yo afirmar profundamente convencido: también yo soy catalán. Sí, al igual que la inmensa mayoría de los españoles, siento a Cataluña como propia, porque su historia y su cultura son tan mías como de los de Barcelona, Tarragona, Lérida o Gerona.

Pero, a pesar de ello, si todos los catalanes quisieran irse del Estado del que forman parte desde hace al menos cinco siglos, deberíamos aplicar, con gran dolor, a ese conflicto el mismo principio que aplicamos en la vida: no obligar a estar con uno a quien no desea hacerlo de buen grado. Ahí reside la humorada de El Perich, cuando sugería que deberíamos ser los españoles los que pidiésemos la independencia de Cataluña para que se colmase de una vez la obsesión con la que algunos iluminados llevan más de un siglo dándonos la tabarra.

El problema -el gran problema- es que la independencia de Cataluña constituye la reivindicación solo de una parte del país y acceder a ella supondría, además de romper uno de los más viejos Estados del planeta, dejar abandonados a su suerte a los millones de compatriotas que, con todo su derecho, quieren seguir siendo lo que eran al nacer y lo que fueron sus padres, sus abuelos y sus tatarabuelos: españoles.

El problema -el gran problema- es que la ruptura de Cataluña con España sería sobre todo la trágica fractura interna de la sociedad catalana. Imagínense qué podría pasar allí si los nacionalistas se empeñasen en hacer un referendo ilegal, cuando la simple aprobación de la declaración parlamentaria de anteayer ha dejado a CiU al borde la de ruptura y al PSC ante un casi seguro cisma interno. Quien siembra vientos recoge tempestades. Y quien siembra tempestades solo pueden esperar recoger los restos del naufragio.

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