A Contracorriente

Que cada palo aguante su vela en el rescate

foto de Gonzalo Bareño Canosa
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Están superadas todas las fronteras y cruzado definitivamente el Rubicón. Ya no se trata de si España será o no rescatada, sino de saber si los hombres de negro vendrán en plena canícula o esperarán a que llegue el otoño. De repente, ha llegado nuestro último verano como país con plena soberanía económica y política. Y la playa es un escenario tan propicio como cualquier otro para ir haciendo balance. Para empezar a analizar cómo hemos llegado hasta aquí. La memoria es siempre frágil, y la amnesia, selectiva. Pero están las hemerotecas y estarán los libros de historia para saber que el origen del universo no se sitúa en el mes de diciembre del 2011, con el advenimiento de Mariano Rajoy a la Moncloa.

Conviene decir lo obvio cuanto antes, para no llevar a engaño. El Gobierno actual ha fracasado. Y muere en plena pubertad, apenas cumplidos siete meses de los 48 para los que fue elegido por mayoría absoluta. La magnitud del reto ha superado con mucho la capacidad de nuestros actuales gobernantes. Pero pretender que Rajoy es el culpable de todos los males que aquejan al país es tan ridículo como injusto. Cada palo, que aguante su vela.

Resulta obsceno que Rubalcaba, que fue el número dos del que sin duda ha sido el peor Gobierno de la democracia, acaso el primer responsable político de aquel desastre, dada la incapacidad de Zapatero, ofrezca ahora recetas para salir de la crisis, como si él nunca hubiera estado allí. Y ofende comprobar que el líder del PSOE renuncia a hacer oposición. Su única esperanza es que pase suficiente tiempo como para que Rajoy no pueda esgrimir ya la herencia recibida. Y, a partir de ahí, levantar la cabeza. Pero entonces será tarde.

El drama de la España actual no es solo su situación de absoluta postración económica, sino la ausencia de cualquier esperanza política en el momento más delicado de su historia reciente. González era una promesa tras la combustión de Suárez. Aznar fue visto como un pragmático que acabaría con la orgía de corrupción que fue el final del felipismo. Y hasta quisimos ver en Zapatero un aire fresco frente a la postrera megalomanía aznarista. Pero nadie, ni siquiera un socialista, puede ver a Rubalcaba como una esperanza para la salvación económica de España. Y, mucho menos, para su regeneración política.

La calle arde con razón contra el Gobierno actual. No existen las manifestaciones retroactivas. Y Rajoy debe asumir su responsabilidad. Pero Rubalcaba sabe que nunca podrá ponerse a la cabeza de la protesta, porque corre el riesgo de ser sacado de allí a empellones. Los hombres de negro preparan ya las maletas. Y, cuando lleguen, resultaría vergonzoso que los reciba solo un Rajoy cabizbajo ante su evidente responsabilidad, mientras Zapatero cuenta nubes y corre alegre media maratón, Felipe González posa en mocasines, sonriente y locuaz como nunca, y Rubalcaba se esconde tratando de hacerse invisible.