a contracorriente

La pistola y la bala en la reforma laboral

foto de Gonzalo Bareño Canosa
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La reforma laboral que ha puesto en marcha el Gobierno no es buena ni mala. No va a crear empleo por sí misma, ni tampoco lo va a destruir por el mero hecho de aprobarse. Para comprender esto, es imprescindible entender que la reforma no es una acción que genera una reacción, sino un arma que, como todas, puede ser bien o mal utilizada. El Gobierno ha creado un arma potente y de gran calibre, desde luego, pero el destino de la bala que se va a disparar con ella sigue siendo incierto. Y lo más peligroso es que la trayectoria del proyectil no depende ya del Ejecutivo que fabricó la pistola. Me explico. Usted le da un revólver a un mono, y las consecuencias serán con toda probabilidad letales para todo el que se ponga a tiro del macaco. Pero esa misma pistola, en manos de un inteligente, sensato y preparado agente del orden, se convierte en un valioso instrumento para salvaguardar vidas y bienes.

Quiere esto decir que el Gobierno ha puesto sin duda un arma de gran alcance, un cañón podría decirse incluso, en manos de los empresarios españoles. Y que es ahora, cuando el Ejecutivo va a dejar de ser un actor para convertirse en espectador del uso que va a hacer la patronal de la norma aprobada, cuando el empresariado español tendrá que demostrar si está a la altura de las circunstancias o si es esa caricatura grotesca de ricachones avaros, egoístas, torpes y despiadados que pintan algunos desde hace muchos años.

Con la decisión de aprobar una reforma laboral de máximos, el Gobierno ha dejado casi en anécdota el papel de los sindicatos, no solo en la elaboración del propio texto legal, sino en la futura organización de las relaciones laborales dentro de las empresas. Algo que, por otra parte, las organizaciones sindicales se han ganado a pulso por hacer el tancredo en lugar de pactar. Pero el poder que Rajoy les ha entregado ahora a los empresarios es tan grande, que en buena medida el líder del PP ha puesto su futuro político en manos de la patronal. Si con los poderosos instrumentos que tienen en su mano los empresarios españoles no son capaces de dar un impulso a la economía, no solo demostrarán su incompetencia, sino que habrán puesto muy negro el futuro de Rajoy. Y no digamos ya, si la clase empresarial española aprovechara la reforma laboral para acometer despidos masivos con el único objetivo de mantener sus beneficios, en lugar de aprovecharla para fortalecer sus estructuras. Eso dejaría a Rajoy a los pies de los caballos, hasta el punto de tener muy difícil acabar siquiera la legislatura. A la patronal no le van a valer ya las excusas. Y, desde luego, la culpa no será ya de los trabajadores. Después de muchos años quejándose de la rigidez del mercado laboral, se encuentran de pronto con uno de los sistemas más desregularizados de Europa. Es, por tanto, la hora de los grandes empresarios. Y la reforma va a dejar claro quiénes lo son y quiénes no.