P ara que ningún lector se llame a engaño, como si estuviese leyendo a Rajoy o a De Guindos, empezaré aclarando que si se convoca una huelga general contra la reforma laboral yo no iré a ella. Porque estoy convencido de que la huelga no es un instrumento adecuado para gestionar esta crisis, y porque creo que muy pocos españoles quieren hacer más difícil lo que ya es inevitable. También debo aclarar, porque en el título de este artículo se integran dos quebrantos de confianza entre políticos y periodistas, que no comparto la moda de elevar a categoría de información las conversaciones informales, y que no considero audaces reporteros a los que graban y difunden estos descuidos que solo sirven para confundir a la opinión pública.
Ello no obstante, al no poder evitar que la «agresividad» y el «me va a costar una huelga» sean parte del debate, me parece oportuno reflexionar sobre la torre de marfil en la que viven Rajoy y De Guindos, de la que debe proceder el grave desenfoque con el que trataron la reforma laboral. Porque somos muchos los ciudadanos que, lejos de ver la reforma laboral como una agresión, la vemos como una oportunidad no explorada; y porque si algo hemos demostrado los españoles es que sabemos distinguir las reivindicaciones racionales de aquellas otras que solo sirven para amargar -como sucede en Grecia- los tragos inevitables. Por eso harían muy bien De Guindos y Rajoy si no nos imputasen intenciones o juicios que nos son ajenos, o si recordasen la prudente advertencia que le hizo Fraga a uno de sus conselleiros: «Espere a que me equivoque, querido amigo, antes de corregirme».
Sobre los aspectos económicos y sociales de la reforma correrán ríos de tinta en las próximas semanas. Pero, refiriéndome solo a la oportunidad de la decisión, intuyo que una reforma laboral que adecuase la gestión del empleo al marco de la economía de mercado era absolutamente imprescindible. También creo que dicha reforma debe hacerse con profundidad suficiente para modificar de verdad las relaciones entre los empleadores y los empleados, sin que los vértigos de última hora nos lleven -como sucedió con Zapatero- a esa peligrosa tierra de nadie en la que nos depositaron las 52 reformas emprendidas desde 1980.
Por eso celebro que Rajoy se haya atrevido a romper las inercias del proteccionismo, y a sacarnos del embrujo melancólico en el que nos han metido los bizantinos debates entre unos sindicatos muy paternalistas y una patronal ultraliberal. También saludo con esperanza esta reforma que ni me parece agresiva ni por nada me invita a la huelga general. Y mucho me gustaría que su aplicación decidida, sin complejos ni timidez, aclarase de una vez la relación que existe entre flexibilidad y empleo. Porque a lo mejor funciona. Y porque si no funciona volvemos atrás y en paz.