Habiéndome dedicado a la política, siendo politólogo y analista, y comportándome como un ciudadano responsable, que cree en la política, paga sus impuestos, participa en las elecciones y en diversas organizaciones cívicas y piensa que los partidos políticos son instrumentos esenciales para el funcionamiento de la democracia, debería estar muy atento a lo que sucedió el fin de semana pasado en la asamblea del BNG, a lo que se está cociendo en Sevilla -hoy mismo- en el congreso del PSOE, y a lo que va a ocurrir dentro de dos semanas, también en Andalucía, en el congreso del Partido Popular.
La realidad, sin embargo, es la contraria. Porque no creo que en esos lugares se estén tratando los verdaderos problemas de nuestro tiempo, porque no me interesa ni considero relevante nada de lo que allí pasa, y porque me siento mucho más alejado de estas asambleas y congresos que de lo que se discute y dilucida en Bruselas, en el Pentágono o en Ciudad del Vaticano. Si tuviese la suerte de ser un optimista desinformado, y pudiese refugiarme en la idea de que la culpa de todo la tienen los políticos, los banqueros y los curas, podría consolarme diciendo que soy un claro ejemplo de ciudadano europeo con mentalidad global. Pero eso, como es evidente, tampoco sería verdad, porque sigo creyendo que la parte más importante de las soluciones sigue estando aquí, que el futuro depende en buena parte de nosotros, y que no encontraremos progreso ni sosiego hasta que seamos capaces de recuperar una clase política y una forma de pensar y gestionar a la altura de los tiempos y las circunstancias.
¿La conclusión? Que hay un modelo de política y élites políticas que está en las boqueadas; que hay un sector académico y unos liderazgos mediáticos e intelectuales que, a pesar de ser más grandes y tener más medios y formación que nunca, parecen incapaces de aportar diagnósticos fiables, e ideas e instrumentos de cambio creativo; y que tenemos una sociedad que, acostumbrada a buscar culpables y chivos expiatorios para todo, parece incapaz de entender y asumir qué cuota parte de responsabilidad le corresponde en una situación que, por estar gobernada de forma democrática, nos convierte en actores principales de este drama que estamos representando.
Por eso empezamos a asumir que el cambio necesario, lejos de ser ordenado e inteligente, va a llegar sobre crisis sucesivas y con un alto nivel de caos, y eso si logramos parar la receta tradicional -la guerra de ajuste- a la que algunos nos quieren arrastrar. Y por eso estoy tan lejos de la casuística política que me rodea, en la que solo se espera que un día se arregle todo y podamos volver a las andadas. Lo que me preocupan son las nuevas ideas y valores que tienen que soportar la llegada del futuro. Y fuera de eso todo me parece puro teatro.