L a primera en la frente. El primer mes de nuevo Gobierno fue peor para el empleo que cualquier otro: el segundo mes de enero con más parados. Suponiendo que se despidiera incluso de noche, cada hora han perdido su trabajo 233 personas, cuatro cada minuto. Esto es terrible. Rajoy no tiene ninguna culpa, naturalmente. Rajoy no ha tenido tiempo de hacer nada, más que para inundar los periódicos de iniciativas de sus ministros, que lo van a cambiar todo, incluso la forma de casarnos y divorciarnos. Pero no ha funcionado la creencia arcangélica de que, por el hecho de cambiar el inquilino de la Moncloa y perder de vista a Zapatero íbamos a entrar en el pórtico de la prosperidad.
Los puestos de trabajo y los afiliados a la Seguridad Social se pierden porque el país está paralizado. En enero han terminado los contratos de Navidad. En enero se han producido los despidos previsibles en el sector público. En enero empezamos a pagar por desempleo lo ahorrado en servicios públicos, vaya negocio. Y en enero estuvimos en recesión. Esta es la puñetera realidad española. Si la recesión se prolonga durante todo el 2012 y parte del 2013, como dicen todos los vaticinios, da miedo pensar el panorama con que nos podemos encontrar dentro de un año. Sencillamente da miedo.
Mientras tanto, nos entretienen con bienintencionadas esperanzas en la reforma laboral que se aprobará dentro de una semana. Ante ella, hay que decir: primero, que podrá ser necesaria, pero no nos engañemos, que no hará ningún milagro. Y segundo, que con la vieja legislación actual hay comunidades con la mitad de los jóvenes parados, pero el País Vasco tiene en paro solo al 13 % de su población juvenil. El paro no depende de la regulación legal, por mucho que recomienden cambiarla la señora Merkel, los banqueros de todo Occidente y los poderes fácticos de la economía en tropel.
Por ello pienso que el señor Rajoy hace bien en mostrarse buen aliado de nuestros socios; pero quizá no tendría que atender tanto sus consejos, que a veces parece que nos gobiernan desde fuera. Da la impresión de que se piensa más en los parabienes de Bruselas que en las características de esta nación. Si España sufre la misma crisis que sus vecinos, pero con la singularidad de crear mucho más paro, debe tener soluciones propias. Por lo menos, intentarlas. España no es Alemania en su estructura industrial. Ni siquiera Italia en su capacidad exportadora. Levanto mi voz por una mayor autonomía nacional. Autonomía quiere decir capacidad de decisión. Obsesión por el déficit, sí; pero no una obsesión que ahogue la iniciativa. Rigor en las cuentas, el máximo; pero que no sea asfixiante. Y ahorro también; pero evitando que paralice el país.