DiCaprio, el otro Leo

Alabado por su papel de negrero en el Tarantino que viene, al actor lo veremos en mayo en una nueva versión de El Gran Gatsby en temible 3D

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En la madrugada de este domingo, en Los Ángeles, Leonardo DiCaprio competirá por novena vez por el Globo de Oro, esta vez por su papel de negrero en el Django desencadenado de Quentin Tarantino, que podremos ver dentro de una semana.

Hay en DiCaprio, pese a su nombre, mucho de CR7: el más guapo, el mejor pagado (bueno, este año le ha arrebatado el primer puesto el stajanovista Tom Cruise, currante del andamio imposible) y eternamente castigado en sus fallidas nominaciones. Un poco a lo Cristiano Ronaldo, DiCaprio únicamente plasmó en éxito una de sus siete candidaturas al oro, por The Aviator. Y el Óscar le ha sido más esquivo: en ninguno de sus tres intentos logró acercarse al éxito.

Intuimos que Leo, su trayectoria, están marcados por esa presión de no ganar nada, algo así como la angustia del cazador de área que lleva meses sin hacer gol. Porque el actor pareció nacer para el gol hollywoodiense. Con solo 18 años, a los pocos meses de que el ojeador Robert DeNiro lo fichase para Vida de este chico, DiCaprio obtuvo su temprana primera nominación al Óscar, por A quién ama Gilbert Grappe. Han pasado dos décadas y cada vez que se discute si es o no un actor sólido, siempre alguien dice aquello de que su papel incontestable fue el de Gilbert Grappe. Esto es como si a Ronaldo se le recordarse por un gol convertido en el Marítimo Funchal.

Marcado por «Titanic»

A Leo yo pienso que le enfurció bastante la vida el tema de Titanic. Después de todo aquello, de la proa caramelizada por Céline Dion, se le aplicó un cordón sanitario. Y tardaron quince años en volver a tomarlo en serio. El proceso posterior de autolegitimación dolorosa el actor se lo tomó realmente en serio. Decidió ganarse a pulso el respeto de sus mayores, Spielberg, Eastwood, Scorsese, quienes lo han ocupado su última década. A Scorsese, de hecho, le salvó la vida al sacarle las castañas del fuego en aquella anunciada debacle económica que iba a ser Gangs of New York, finalmente rentable. Martin Scorsese puede permitirse ser el último morlaco, ya afeitado, de aquella generación de feroces guerreros contraculturales que amenazaron con tomar Hollywood en los setenta, hoy todos prejubilados, gracias a su sociedad de intereses con DiCaprio, que tendrá su quinta entrega este 2013 con The Wolf of Wall Street, en la que Scorsese le traza a Leo el viacrucis de un tiburón de las finanzas politoxicómano basado en el caso real del financiero Jordan Belfort durante la crisis de los noventa.

Monstruos del siglo XX

Amén de intimar con estos venerables clásicos vivos, y mientras en su vida privada practicaba -el yin y el yang- un saludable aeromodelismo (Giselle Bündchen, Ber Rafaeli o Erin Heatherton, dama franquicia de Victoria's Secret), el empeño del actor por ganar respetabilidad lo llevó a un voluntario proceso de autodesmitificación: quiso encarnar a dos de los mayores monstruos paranoides del siglo XX norteamericano, el multimillonario Howard Hughes y el gran inquisidor del FBI, J. Edgard Hoover, en sendos registros que lo llevaron a la deformación no ya moral, sino a un radical proceso de demolición física, con horas de maquillaje deformador hasta lo grotesco.

En unos días lo veremos encarnando al sádico y racista señor de la plantación de Django desencadenado, uno de los más bizarros villanos de la filmografía sanguinaria de Tarantino.

Y cuando ya parecía que nuestro Leo, el que no gana ni un oro, había completado la redención, para mayo se anuncia lo que puede ser otra titanización almibarada que devuelva a DiCaprio a la casilla de salida de su juego de la oca. Nada menos que una nueva adaptación de El gran Gatsby (yo siempre he respetado mucho la versión de Jack Clayton de 1974, pese a su mala prensa) dirigida por ese hortera australiano tan de temer llamado Baz Luhrman, quien ya fulaneó el prestigio de Leo DiCaprio en aquella estomagante reducción de Romeo y Julieta a videoclip para gossip girls.

Ahora Luhrman se ha atrevido a la inmersión del mundo de Scott Fitgerald en un idiocrático 3-D. Si la pregunta es si se puede escribir a alguna parte para evitar esto, la respuesta es no. En mayo llegará a los cines el presumible crimen, con Leo como Jay Gatsby, Carey Mulligan en el rol de Daisy, y las flappers tridimensionales saltando de los clubes de jazz de la pantalla al patio de butacas (imagino que para Baz Luhrman será perfectamente intercambiable el Moulin Rouge y las fiestas de Gatsby). Qué oxímoron plantear una puesta en escena de ese árbitro de la elegancia que es el Gatsby de Fitgerald con un patio de butacas afeado por ese preservativo visual que son las patillas tresdé.