Giuseppe Verdi, compositor al que se le rendía presuntamente homenaje en esta edición del Concierto de Año Nuevo, dejó escrito que «en el teatro el público puede tolerarlo todo salvo el aburrimiento». Y de esto último hubo demasiado en la aséptica dirección del austríaco Franz Welser-Möst, que volvía a la cita apenas dos años después de ser masacrado por la crítica de su país precisamente por convertir una ocasión mundana y festiva, una celebración de los aspectos mas sensuales de la música, en una suerte de oficio fúnebre. ¡Qué diferencia con respecto al despliegue de energía y pasión que realizó en el 2012 Mariss Jansons!
Y es que es, más allá de los estrenos habituales en este evento, fue precisamente en las piezas conocidas donde Welser-Möst se vio completamente superado por los gloriosos recuerdos de otras ocasiones felices. Señaló el siempre irónico Pérez de Arteaga, durante la impecable retransmisión televisiva de La 1, que cuando Knappertbusch dirigía la Carga de la caballería ligera, de Von Suppè, las paredes de la gran sala dorada del Musikverein parecían venirse abajo. No hace falta remontarse tan lejos. El italiano Riccardo Muti, con su implacable sentido del ritmo, hizo una auténtica recreación de esta muestra de virtuosismo orquestal, tan alejada de la sosería de Welser-Möst, en una de sus comparecencias.
De Kleiber a Harnoncourt
Y el vals de la Música de las esferas, en manos del divino Kleiber, poseía un encanto poético, mediante el hábil empleo del rubato, de cuyas sutilezas no puede estar más alejado el por otra parte claro y nítido en el gesto director austríaco. Por no hablar del feroz humor de un Harnoncourt, completamente ausente aquí.
Los homenajes a Wagner y Verdi, en el año de sus bicentenarios, supieron más bien a poco. Más oportuna resultó la elección del chispeante preludio del acto III de Lohengrin que el prestissimo de ese ballet del Don Carlos que nunca suele interpretarse en escena. El genio de Busetto hubiera merecido algo más; aunque también es cierto que se le recordó de manera indirecta a través de las versiones de la propia familia Strauss, con citas a Rigoletto y Macbeth.
Para cuando el melifluo Welser-Möst, del que vimos hasta cuando una señora le secaba las escasas gotas de sudor entre pieza y pieza con un pañuelo, decidió desmelenarse un poco, con el numerito de los peluches, una buena parte de la audiencia, y no por efecto de la resaca, ya casi dormitaba. Y solo la Marcha Radetzky pudo rescatarnos del sopor de un concierto que parecía más bien un ensayo general dirigido con el piloto automático por un eficaz artesano de la batuta, pero sin auténtica alma. En cualquier caso, comenzar el año con la medicina de la mente agitada, con la luz de la luna en la noche oscura de la vida, en estos tiempos de escasas alegrías, es mejor que nada.
Magnífica postal
Magnífica, por cierto, la postal del intermedio, ese reportaje filmado sobre las bondades del idílico paisaje austríaco, con sus montañas y lagos de ensueño, que la Filarmónica de Viena aprovecha además para poner en valor los distintos conjuntos de cámara surgidos en el seno de la propia orquesta. Sonaron Haydn, Mozart y Schubert, pero también Joaquín Rodrigo, con una arreglo para metales de la Fantasía para un gentil hombre. Los austríacos saben convertir este evento en la mejor promoción de un país que une belleza natural y cultura, una oferta infalible cuando lo que se pretende es atraer turismo de calidad.