El ladrón del Códice Calixtino se aferra a una Biblia de bolsillo

En la cárcel tiene fama de tacaño porque no gasta ni en comprar agua

Valoración Con: 1 estrella 2 estrellas 3 estrellas 4 estrellas 5 estrellas   votos ¡Gracias! Envíando datos... Espere, por favor.

Dicen que Manuel Fernández Castiñeiras, el ladrón del Códice Calixtino, no suele hablar del suceso que lo convirtió en un electricista de novela. Ni el pasado jueves, día en el que la obra volvió a ser expuesta al público en la catedral con guía del deán incluida. Cuando su nombre ocupaba los titulares de los telediarios, sus compañeros de celda aprovechaban para bombardearlo a preguntas. Pero no respondió nunca a la ofensiva con largas respuestas. Entonces dejaron de interrogarlo. Solo cuando vuelve a aparecer su apellido en la pantalla de la televisión, regresa el tercer grado. Porque nunca está solo. Desde que ingresó en la cárcel de Teixeiro, el pasado 6 de julio, duerme en el módulo de enfermería, un lugar habilitado no solo para los presos enfermos o mayores, también para los que no es muy recomendable recluir con presos comunes.

De hecho aunque se pensó en cambiarlo a un módulo normal, al final acabó quedándose en la enfermería. Ahí está permanentemente vigilado. Tiene incluso un preso de apoyo encargado de controlar que no se haga daño. Puede que ya no deje ese lugar hasta que salga en libertad , probablemente, el mes que viene.

Parco en palabras. Tacaño. Introvertido. Quizá un poco asocial. Esa es la fama que se ha ido forjando entre rejas un hombre que llegó a acumular en sus propiedades de O Milladoiro, Saxenxo y Negreira hasta 1,7 millones de euros. La ha ido ganando a pulso. Desde que llegó dicen que ha conservado intactos los cincuenta euros que tiene de saldo en la tarjeta del economato (cada semana se puede recargar con un tope de ochenta) en el que los reclusos realizan compras de productos fundamentales que puedan precisar. Cuentan que no gasta nada, ni en comprar agua embotellada porque bebe de la del grifo. No le importa que tenga un sabor nada recomendable.

Aún no ha ido a misa

Hombre de misa diaria, ha pedido acudir a la eucaristía dominical, la que se celebra en la capilla que hay junto al polideportivo. Todavía no ha ido. Puede que solo le gustara escuchar las homilías en la catedral. Igual que este amante del almacenaje casero de libros antiguos tampoco ha pisado aún la biblioteca para tomar prestado algún volúmen que le ayude a pasar las horas. Aunque se lo han dicho no parece interesarle.

Ahora le basta con leer, una y otra vez, una pequeña biblia de bolsillo de la que no se separa. Aunque una de las veces que lo interrogaron había dicho «como me encierren en el talego, con un misal y un rosario tengo bastante» se ha acabado conformando con la biblia, el libro con el que logra entretener todo el tiempo libre. Ya lo dijo un viejo director de cine «denme un pasaje de la biblia y les devolveré una película».