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David Bowie celebra su 69 cumpleaños con un arriesgado y enigmático nuevo disco

Las siete canciones de «Blackstar», su vigésimo quinto álbum de estudio, se acercan al jazz más atmosférico

Redacción / La Voz, 08 de enero de 2016. Actualizado a las 05:00 h. 5

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A David Bowie se le atribuye haber reinventado el rock al menos tantas veces como tantas personalidades musicales en las que se ha reencarnado en su larga carrera. Hace tiempo que no ha alumbrado un alter ego -si no tenemos en cuenta que el propio Bowie puede ser la creación más longeva del londinense nacido en 1947 como David Jones- pero eso no significa que haya renunciado al riesgo y la innovación.

El último ejemplo es la aparición de su nuevo álbum, el número 26 de su carrera, y que se publica hoy, el día en que cumple 69 años (en el 2013 también eligió su aniversario para romper inesperadamente un silencio de diez años con Where are we now?). Blackstar encuentra a David Bowie adueñándose de sonoridades y texturas que coge aquí y allá -jazz atmosférico, ritmos de hip-hop y drum and bass- para envolver las canciones con su habitual gancho melódico y su enigmática estética.

En las siete composiciones de Blackstar Bowie se apoya tanto en la producción de Tony Visconti -quien también firmó la de su anterior trabajo, The Next Day- como en el músico jazz Donny McCaslin, cuyo uso del saxo, flauta y otros instrumentos de viento imprime una unidad sonora al álbum que no excluye oscilaciones entre las líneas más melódicas y el ruidismo. La canción de la que el disco toma su título encarna esas transiciones, ya que, al estilo de A Day in the Life de The Beatles, va y viene entre distintos tramos marcados por los cambios de voz de Bowie, desde una aspereza inicial y final a su inconfundible tono de barítono.

En un artista como Bowie, para quien la imagen tiene casi tanta relevancia como la música, las sonoridades del álbum encuentran su extensión en los vídeos dirigidos por Johan Renk, tanto el de Blackstar como el de Lazarus, estrenado ayer. En Blackstar el surrealismo que emerge de contraponer escenarios lunares y un ambiente rural rodea a un David Bowie vendado y con botones en el lugar de los ojos. «Estoy en el Cielo», canta en Lazarus. El verso y la referencia bíblica del título podría estar vinculada a las propias reflexiones del cantante sobre la mortalidad. No es solo una cuestión de edad: Bowie lleva retirado de los escenarios desde que interpretó tres temas en un teatro neoyorquino en el 2006, una ausencia que arranca del susto cardíaco que sufrió sobre un escenario alemán dos años antes. Como todo lo que le rodea, estas circunstancias vitales también han sido objeto de las más diversas interpretaciones, alimentadas por el misterio que siempre desprenden sus composiciones. También ha renunciado a apariciones públicas y entrevistas, un hermetismo que impone a sus colaboradores, silenciados por estrictos contratos de confidencialidad.

Aun sin tanto enigma, la música sola basta para situar a Bowie en solitario no solo entre su generación, sino en el panorama artístico general. Algunos de sus coetáneos más célebres publican discos anodinos para centrarse en lucrativas giras basadas en sus viejos éxitos; otros han desaparecido por completo. Él se mantiene alejado de la vida pública, pero su música mantiene la misma vocación experimental de siempre.

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