Imagen:Sobral lee en uno de sus rincones favoritos en el Carabela

«Para mí pintar es un relax, no soy de los que sufren»

El creador subraya que el arte, que procura fusionar con otras disciplinas, es su vida, y el mar su tema


Es de esas personas que transmite serenidad y la sensación de que nada le altera. Y eso que tiene el tiempo más que ocupado en múltiples actividades, la última de ellas la organización de la muestra a beneficio de Haití que se celebra en el Museo. Pero, como dice, «una de las cosas que hay que lograr en la vida es esa paz interior, el estar tranquilo».

Antón Sobral asegura que lo ha conseguido en Pontevedra, ciudad en la que reside desde hace veinte años y que alaba por «vivible, amable y paseable». Antes lo hizo en Marín, donde nació, y en Santiago, donde cursó la carrera de Historia y Geografía especializándose en Historia del Arte. Una titulación que se costeó él mismo gracias a la pintura. «Al arte le debo bastante -reconoce-. Cada año hacía una o más exposiciones y con los cuadros que vendía me iba pagando los estudios. Siempre tuve la suerte de que la gente los compraba».

Insiste en que «el arte es mi vida, y el mar mi tema». Recuerda que su primera muestra, anterior a las de su época de universitario, fue a la edad de dieciséis años en el Liceo Casino. Allí expusieron él y otros alumnos de Agustín Bèthencourt, el que ha sido su único profesor de pintura. En aquel debut, le compraron una obra, un «solpor», pero que se destruyó en el pavoroso incendio del edificio en el año 80.

Desde entonces, su obra ha estado presente en Galicia y en lugares como Milán, Nueva York, Viena o Alemania y estas exposiciones foráneas le permiten además disfrutar de otra de sus pasiones, viajar. Lo importante para un creador, afirma, «es tener coherencia». Y aunque en su caso, las marinas son su seña de identidad -hasta la gorra que lleva a la entrevista la da aspecto de lobo de mar-, hay una evolución lógica después de cuarenta años de trayectoria. En este sentido, su gusto por el mar en calma ya dio paso a las grandes olas. Asegura que de la figuración ha pasado a casi rozar en la actualidad la abstracción y que se encuentra en plena época de cambio estético, algo que se verá en la exposición que realizará en noviembre en la Galería Metro de Santiago.

«Hay personas que sufren, pero para mí pintar es un relax, un placer. El proceso de pintar no es solo cuando lo ejecutas -subraya-, sino que continuamente estás leyendo, viendo, tomando apuntes. Se trata de traducir una emoción y la tienes casi que vivir. Yo creo que el arte es la vida y la vida es el arte. Hay una fusión y casi tienes que hacer de tu vida una obra de arte». Y, cuando se le pregunta en qué punto se encuentra la suya, afirma que «lo más importante es el futuro, lo que está por venir».

En su definición no solo entra la pintura, sino todas las disciplinas artísticas e incluso su labor como mecenas. Es un gran aficionado a la filosofía y a la literatura, escribe poesía (un poemario que recita en un espectáculo con música y el baile de Anuska Alonso) y ahora prepara un trabajo sobre el creador alemán afincado en Muxía, Detlef Kappeler. Creó junto a amigos como como Carmen Hermo o Fernando Lafuente el grupo Arou, que trabajó junto a Nils Udo en intervenciones efímeras en espacios al aire libre. Y precisamente la relación entre arte y la naturaleza es también la base de los encuentros que organiza en diferentes puntos de la geografía gallega para conectar a los artistas con el público.

Restauración

Hace fotografía y se ha atrevido con la danza, organizando y participando en cursos, porque está convencido de que «la creatividad está dentro de todos y lo que hay es que quitar el miedo y la timidez». Y ultima una exposición en Pontevedra del austríaco Michael Malesh, residente en Portugal, donde tiene un grupo de música del Tíbet y de pintura zen. A todo ello hay que sumar su activa participación en el Ateneo (antes estuvo en el Santa Cecilia de Marín y en O Galo en Santiago) y, por supuesto, su trabajo en la Escola de Restauración.

«Estoy muy contento de que en estos momentos haya alumnos haciendo prácticas en el Prado, el Reina Sofía -destaca-. Y que además aún por encima te digan que son buenos». La colaboración con entidades museísticas se ha extendido internacionalmente y restauradores formados en la ciudad han trabajado en el Victorian Albert de Londres, en el Museo Arqueológico de Lisboa, en México o Italia.

Sobral destaca que para el próximo curso la titulación se adaptará al Plan Bolonia, pasando de diplomatura a grado, lo que supone ampliar un año los estudios. «Está solicitado y aprobado -apunta-. Ahora hay que hacer las adaptaciones de las asignaturas y homogeneizarlas con las de Madrid. Para Pontevedra es importante porque esta es la única Escola de Restauración en Galicia. Y fue la segunda de España después de Madrid, se creó antes que la de Cataluña».

Lo que todavía desconoce es qué ocurrirá con la actual sede (compartida con Bellas Artes) cuando esta última titulación se traslade a los antiguos terrenos de Tafisa. «No sabemos dónde vamos a ir, pero eso aún lleva tiempo», señala, mientras comenta que probablemente se amplíen también las actuales especialidades de pintura, arqueología y escultura. «Sobre todo, papel sería necesario en Galicia».

Reconoce que la Facultad le ha dado «una vida artística» a la ciudad y destaca las oportunidades que disfrutan ahora los estudiantes. «Hay más campos, concursos, exposiciones, tienen mucha información para estar al día de lo que pasa en el mundo y viajan. Cuando yo empecé había pocos sitios donde exponer, era una época difícil, la de la Transición. Hoy tienen la libertad de crear, que es lo más importante».

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