Los riesgos de las políticas de ordenanza y dominó

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Lugo, ciudad rica en tantas cosas, lo es también en ordenanzas municipales, bandos, planes y otras disposiciones consistoriales de muy distinto rango y condición. Mientras deshoja la margarita de la revisión del plan general de urbanismo (desde 1997), abre frentes singulares como el de la nueva ordenanza de ruidos. Quiere la autoridad municipal imponer silencio en las calles y en las casas, como antes quiso, sin éxito, ordenar la desordenada apertura de zanjas. Con igual resultado, intentó reducir a la condición de paradas a las ya inexistentes lumis de acera con una norma contra el botellón, a la que pretendió llamar ordenanza de convivencia; aún no pasó de proyecto. Ahora, el entretenimiento se llama Ordenanza Reguladora da Contaminación Acústica.

El portavoz del gobierno local, Luis Álvarez, dio a conocer el borrador de la norma contra los ruidos (la que está en vigor creó algunas dificultades) en el sonoro seno del pleno de la corporación municipal. Como corresponde a un documento de tal condición, Álvarez lo utilizó para entretener y silenciar a la oposición, que andaba levantisca por verse privada de un informe jurídico que sí tenía el grupo de gobierno. La norma dará que hablar, sí. Seguramente habrá quien sienta la necesidad de precisar algunos perfiles sobre zonas saturadas, apertura de nuevos locales nocturnos y así. Pero hablar, lo que se dice hablar, se hablará de las disposiciones sobre el silencio doméstico, el toque de retreta que desde las diez de la noche impondrá silencio y prohibirá las labores y actividades que lo rompan o alteren. José López Orozco, socialista dado a la ordenanza, acabará por verse en la necesidad de enviar a la guardia municipal a acallar ruidosas efusiones amorosas, insoportables berrinches infantiles y las taladrantes toses de los impenitente usuarios de Tabacalera. La ordenanza de ruidos se anuncia muy poco silenciosa.

En Lugo, sí, la autoridad municipal ejerce mucho. No solo en la capital. Y se ve que, a base de ejercerlo, se encariña con el cargo. Quizá por eso, los alcaldes no están por la labor de fusionar municipios. Por qué hacerlo, se pregunta Xosé Manuel Mato si, según su documentado criterio, «os pequenos non somos os que custamos cartos; nós poñémolos». Y no faltan argumentos que apelan a la identidad, como el que apunta Armando Castosa: «As fusións atentarían contra o sentimento identitario». Ante la amenaza de la fusión se gesta una suerte de nacionalismo municipal, del que ya dijo Azaña que es como el dominó de Valladolid; nace del aburrimiento. Orozco ejerce, también en esto, de filósofo sembrador de dudas: «¿Onde estarían os servizos entón e que comunicacións habería?».

Orozco, que es hombre que se hace preguntas, seguramente busca estos días respuestas para los muchos interrogantes que se abren sobre el futuro de su partido en Galicia. Un futuro en el que algunos están empeñados en situar en lugar de privilegio a José Ramón Gómez Besteiro. Quizá el presidente de la Diputación disfrutaría más su ascenso por la escalera del partido si no hubiera tantos de los suyos empeñados, innecesariamente, en jalear sus méritos. A veces, con el peso de tanto apoyo, la escalera se rompe y el escalador se parte la crisma. O puede que no y Pachi Vázquez sienta una necesidad imperiosa de que Besteiro sea el candidato a la presidencia de la Xunta. Mientras, el BNG, socio imprescindible de los socialistas, se diluye en el caldo de los desencuentros. Al Bloque sí le hace falta una norma sobre ruidos. Quizá por eso Orozco está empeñado en aprobar otra ordenanza municipal y espesa. Tierno, de donde viene Orozco, prefería el bando. Vale lo mismo y permite desahogos literarios.

leandro