Roberto Bartolomé Abraira es una de las caras conocidas de la arqueología de campo en la capital lucense. Probablemente fue la localización del castro de A Piringalla, durante la instalación del nuevo abastecimiento de agua, la obra que le dio más proyección pública. Es autónomo y, como otros de los que se encuentran en su caso, señala que, pese a la crisis no le falta ocupación, a pesar de lo que bajó la cantidad de obras abiertas, tanto públicas como privadas. «Trabajo hay», indica, pero reconoce que se hace necesario diversificar el campo profesional.
Canalizaciones
En las obras del abastecimiento en A Piringalla trabajó también la arqueóloga Manuela Pérez Mato, de Porto do Son. «No me puedo quejar», señala esta profesional. Explica: «Hay obras que se tienen que seguir haciendo, como las canalizaciones para la luz, el gas, el agua, etcétera», y según dónde se ejecuten, son obligados los controles arqueológicos. También hay trabajo en obras privadas de rehabilitación de casas en cascos históricos. Pérez Mato abre otro perfil de la incidencia de la crisis en su sector: «Lo que sí noto es que hay compañeros que han bajado mucho las tarifas para competir mejor».
Distintas situaciones
Otro coruñés que realizó trabajos en Lugo es Miguel Vidal. Dice que empezó en la profesión a principios de los años 90 del siglo pasado y que este es el peor momento para el sector de la construcción, tanto en obra pública como privada. Consiguientemente, los profesionales de la arqueología acusan también el bache.
A él, dice Miguel Vidal, no le va mal, pero en su sector «hai xente que o está pasando realmente mal».