Un día más en el que me subo al coche para hacer el mismo camino que me lleva al trabajo, los mismos semáforos, las mismas calles, el mismo destino pero hoy, sin saberlo, será diferente, en esa curva en la que siempre voy más despacio hoy no puedo levantar el pie, porque el reloj ya marca las nueve, así que acelero para no llegar tarde, pero lo cierto es que hoy no llegaré.
Nunca te levantas pensando en que algo ocurrirá, nunca pensamos en las consecuencias de nuestras imprudencias hasta que un día las sufrimos en nuestra piel y cuando ese día llega es demasiado tarde para retroceder, no hay marcha atrás, el daño está hecho.
Te despiertas en la cama de un hospital, no eres capaz de hablar, ni de mover un lado del cuerpo y te preguntas qué es lo que ha pasado, hay dos personas en la habitación que no paran de decirte que son tus padres pero no consigues reconocerlos.
Pasan los días, sigues sin sentir el brazo y como un logro ya puedes decir alguna palabra, pero eres incapaz de decir todo lo que sientes porque en esa curva tu cerebro se ha llevado la peor parte.
Sesenta segundos que lo han cambiado todo para siempre. ¿Quién no daría un minuto de su vida para que todo volviera a ser como antes? Yo lo daría, pero ya es demasiado tarde, mi tiempo ya no tiene el mismo valor, el vuestro aún lo tiene así que cuando estéis en la carretera no miréis el reloj, mirad hacia delante y poneos como meta ya no el llegar a vuestro destino sino el volver sin importar el tiempo.
Todo esto que puede parecer un guion de película es la realidad de muchos usuarios de Adace-Lugo que han sufrido traumatismos craneoencefálicos como consecuencia de accidentes de tráfico, algunas de ellas se recuperarán con el paso del tiempo pero otras muchas quedarán marcadas con secuelas permanentes que les impedirán volver a la rutina de sus vidas, y no solo a ellos sino también a sus familias.