Imagen:Un joven soplador de vídrio elabora un candelabro de cristal ante la atenta mirada de un grupo de lucenses

Modernos viejos oficios a la vista

Para muchas personas es una novedad y para otras no tanto, pero siempre resulta entretenido ver trabajar a artesanos en riesgo de extinción, como ayer en Lugo


Viéndolos trabajar con esa rapidez y seguridad nos puede parecer que hacer una jarra de Buño o un candelabro de cristal en forma de flor es lo más sencillo, asequible a cualquier manazas. La realidad es muy distinta y algunas personas tuvieron la ocasión de comprobarlo ayer en la Praza Maior de Lugo, en la que comenzó la tercera edición de la Mostra de Vellos Oficios Vivos, que tendrá continuidad en sábados sucesivos hasta el 13 de septiembre, de once de la mañana a dos de la tarde y de cinco a ocho.

Ayer pusieron su arte a disposición de los pocos lucenses que se quedaron en esta ciudad y de bastantes turistas un soplador de vidrio, un zapatero, dos hermanos oleiros de Buño y dos rederos de Portosín, que mostraron sus destrezas en los soportales de los cantones de la Praza Maior. A lo largo del verano habrá ocasión de ver trabajar a artesanos que todavía hacen sillas y zuecos, que palillan o que elaboran todo tipo de objetos de hierro y acero, entre otros muchos hasta un total de 40.

Marcel Pazos es un uruguayo que desde los 15 a los 18 años trabajó en Buenos Aires en una fábrica de aparatos de cristal para laboratorio. Cuando le pareció que ya dominaba la técnica del soplado de vidrio decidió trabajar por su cuenta y se marchó. Ahora lleva años asentado en Santiago y dedicado fundamentalmente a hacer objetos de decoración en su casa de Bertamiráns.

Ayer estuvo en Lugo por segunda vez y con el grato recuerdo del pasado San Froilán, una de las fechas en las que más ventas tuvo, según reconoce. Con el fuego cruzado de dos sopletes enfrentados trocea unos tubos de metro y medio de largo a partir de los que hace todo tipo de flores, candelabros, cuencos y lo que sea necesario. Maneja y moldea el cristal caliente como si fuese plastilina, aunque a veces se quema y tiene que aguantar el tirón sin que los espectadores se den cuenta, en beneficio del espectáculo. Tarda unos diez minutos en elaborar una pieza complicada, y los objetos que tenía ayer en venta costaban desde dos a 24 euros.

Los zapatos que hacía Ramón Laia eran más caros, pero en su fabricación no hay trampa, y mucho menos cartón: cuero del auténtico, caucho, clavos, hilo y cola de pez es todo lo que necesita. Un visitante, tras probarlos, decidió no quitarlos y meter las deportivas en la bolsa.

Alfredo Piñeiro y David Mariño cambiaron por un día la brisa de Portosín por el calor que rebotaba del pavimento de los cantones lucenses. David es marinero, el único de seis hermanos que mantiene la larga tradición familiar, pero cuando está en tierra también cose las redes, oficio tradicionalmente reservado a las mujeres.

Explica que ya no se remiendan las redes tanto como antes pero hay que seguir cosiéndolas porque una grande, de las sardinas, puede tener 350 brazas de largo por 80 de alto, es decir, medio kilómetro por más de cien metros. Para ello hay que engarzarla a partir de panos (trozos) de 50 metros por 10 de ancho. David también echa por tierra los tópicos de que ningún marinero sabe nadar y que, cuando están en tierra, se dedican a gastar dinero a raudales y a encargar hijos. «Agora, un ou dous; hai que ir con sentidiño».

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