Imagen:Charles Dickens en su escritorio

Charles Dickens, si quieres aventuras y sentimientos

Uno de los más grandes escritores ingleses viene a la página del suplemento que cada mes nos pone en contacto con el mundo de la literatura, de la grande y con mayúsculas, la que nos trae a los escritores cuyos nombres han quedado ya inmortalizados. Autores de diferentes lenguas y nacionalidades, y de épocas distintas, que coinciden en haber aportado obras cumbre a la literatura mundial y de todos los tiempos. Hoy son, con todo el derecho, unos clásicos que es necesario conocer porque nos servirán de guía y de referencia para asentar y para afinar nuestros gustos literarios.


Charles Dickens nació en 1812, en Portsmouth, Inglaterra, en el seno de una familia modesta. Su padre era oficinista de la Armada, pero su excesiva inclinación al despilfarro lo llevaba a arrastrar deudas hasta el punto de que fue encarcelado por ello. Dickens no recibió formación académica hasta los 9 años (más tarde, algunos críticos le reprocharon ser demasiado autodidacta), pero fue un gran lector y pasaba gran parte de su tiempo en las bibliotecas públicas leyendo novelas de aventuras, entre las que tenía una favorita: Tom Jones, de Henry Fielding. Por estos años leyó también el Quijote, que los escritores ingleses del XVIII habían rescatado del olvido.

 

 

Con 11 años fue con su familia a vivir a Camden Town (Londres), entonces un barrio pobre. Fue entonces cuando su padre entró en prisión, y la mayor parte de la familia se trasladó a vivir con él a la cárcel. El futuro escritor fue acogido por otra familia, pero a los 12 años su madre lo obligó a trabajar en una fábrica de betún, con una jornada laboral de diez horas a cambio de seis chelines semanales. Siempre consideró esta decisión materna como un cruel atentado contra su niñez, pero no se amilanó: aprendió taquigrafía y trabajó como pasante de abogado; aspiraba a ser periodista y empezó a ganarse la vida con lo que escribía, primero redactando crónicas de tribunales y más tarde como periodista parlamentario. Simultáneamente, publicó una serie de artículos inspirados en la vida cotidiana de Londres, bajo el seudónimo de Boz. Esta primera experiencia como periodista resultó fundamental en su carrera literaria posterior, pues le enseñó el estilo preciso, rápido y ameno del oficio.

 

NOVELAS POR ENTREGAS

En 1837 se casó con Catherine Hogarth, hija del director del periódico en el que publicó, entre 1836 y 1837, el folletín Los papeles póstumos del Club Pickwick y, más tarde, otras novelas, la mayoría por entregas. Esta fórmula le sirvió para crear una relación especial con su público, sobre el cual llegó a ejercer una importante influencia, pues en sus novelas se pronunció sobre los asuntos de su tiempo. Sus entregas eran esperadas con gran expectación por los lectores, que incluso llegaban a aconsejarle sobre el camino que debía seguir el siguiente capítulo. El método facilitaba que pudiese acceder a este tipo de publicaciones mucha más gente que la que podría haber comprado un libro, por lo que los lectores iban aumentando y la fama de Dickens crecía. A este público ya numeroso en el Reino Unido hubo que sumar los miles que surgieron en Estados Unidos, adonde cada entrega llegaba puntualmente cada mes. Sus obras gozaron de notable éxito y alcanzaron gran consideración entre escritores y críticos. En estos años evolucionó desde un estilo ligero a la actitud socialmente comprometida de Oliver Twist.

 

 

POPULARIDAD Y ÉXITO

Estas primeras novelas también le dieron cierto renombre entre las clases altas y su economía crecía al mismo ritmo que su prestigio. En 1841 fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad de Edimburgo y a principios de 1842 viajó por Estados Unidos, donde, pese a ser recibido con grandes honores, tuvo problemas con la élite de la sociedad al manifestarse en sus conferencias en contra de la esclavitud. En 1856 se permitió el capricho de comprar una gran casa, Gad’s Hill Place, que de pequeño, cuando pasaba por delante de ella, había soñado muchas veces con habitar. Además, sabía que en ese caserón había situado Shakespeare algunas escenas de la primera parte de Enrique IV. En esos momentos fue recibido también por la reina Victoria.

 

Después de unos viajes a Italia, Suiza y Francia, realizó algunas incursiones en el campo del teatro y fundó el Daily News, periódico que tendría una corta existencia. Su etapa de madurez se inauguró con Dombey e hijo (1848), novela en la que alcanzó un control casi perfecto de los recursos novelísticos y cuyo argumento planificó hasta el último detalle, con lo que superó la tendencia a la improvisación de sus primeros títulos, en que daba rienda suelta a su proverbial inventiva a la hora de crear situaciones y personajes, responsable en ocasiones de la falta de unidad de la obra. En 1849 fundó el Household Words, semanario en el que, además de difundir textos de autores poco conocidos, como su amigo Wilkie Collins, publicó La casa desierta y Tiempos difíciles, dos de las obras más logradas de toda su producción. En las páginas del semanario aparecieron diversos ensayos, casi siempre orientados hacia la reforma social.

 

Dickens se separó de su esposa en 1858. En la era victoriana, el divorcio era impensable, particularmente para personas famosas como él. No obstante, continuó sustentando hasta el final a su mujer y a los diez hijos que habían tenido juntos, a los cuales, además, dejó como herencia una gran fortuna. La razón de la separación parece que se debió a la relación que Dickens inició con Ellen Ternan, una actriz a la que había conocido en 1857 y a la que, a partir de ahí, tuvo por compañera. Las dimensiones de la aventura fueron desconocidas hasta la publicación en 1939 del libro Dickens y su hija, que deja ver la relación intrafamiliar del autor con su hija Kate. Kate Dickens es la que da la información a la autora del libro, Gladys Storey.

 

El 9 de junio de 1865, mientras regresaba de Francia de ver a Ellen Ternan, Dickens sufrió un accidente ferroviario, en el cual los siete primeros vagones del tren cayeron de un puente que estaba siendo reparado. El único vagón de primera clase que no cayó fue aquel en el que viajaba el escritor. El novelista pasó mucho tiempo atendiendo a los heridos y moribundos antes de que llegasen los rescatadores. Luego usaría esta terrible experiencia para escribir su corta historia de fantasmas El guardavía, en la cual el protagonista tiene la premonición de un choque ferroviario.

 

Pero, a partir de este suceso, su salud empezó a deteriorarse y cinco años más tarde, concretamente el 9 de junio de 1880, después de sufrir un ataque de apoplejía, le llegó la muerte. En contra de su deseo de ser enterrado en la catedral de Rochester (próxima a su domicilio), «de forma barata, sin ostentaciones y estrictamente privada», lo fue en la llamada Esquina de los Poetas de la abadía de Westminster, aunque se procuró respetar su deseo de privacidad.

Cronista de su época

Dickens supo reflejar la vida con la precisión con que desarrolló la crónica parlamentaria. Incluso cuando ya era rico, salía a patear las calles de Londres por los barrios menos recomendables para conocer de primera mano la realidad. Las penurias de su infancia y su adhesión al radicalismo (movimiento ideológico que contaba también en sus filas con otros escritores de talla) fueron modelando en él un espíritu de protesta por la injusticia de un sistema político y social que beneficiaba a los poderosos.

La protesta la ejercen directamente sus personajes, que viven en una miseria que no tiene nada de imaginaria. La denuncia de la desigual sociedad la hace con un estilo que se mueve entre el sentimentalismo y la ternura, no a la manera de un revolucionario, sino preocupado por el sufrimiento humano. Quizá a esto se deba que lo leyeran tanto los poderosos como los humildes. La reina Victoria era una fervorosa lectora, pero también tenía cautivadas a las clases populares: «La gente más humilde, aunque no supiera leer, reunía el dinero para comprar el folleto y que alguien se lo leyera en grupo», recuerda Gregorio Cantera, traductor de Dickens, el observador solitario (Editorial Edhasa), una de las mejores biografías sobre el escritor: «Veían que era como ellos vivían, pero sin burlarse ni adornarlo. Nunca perdió el espíritu de cronista».

OBRA LITERARIA

Dickens escribió muchas obras dentro de un estilo realista (fue uno de los pioneros de la reacción contra el idealismo romántico), que destila humor y un profundo conocimiento de los marginados. Como Carlos Marx, a su manera, reaccionó contra el estereotipo victoriano que consideraba conectados la pobreza y el vicio, y que, además, eran considerados elementos hereditarios: los pobres eran considerados malos desde su propio nacimiento.

A continuación, una relación de sus obras más importantes: Los papeles póstumos del Club Pickwick (1836-1837), Oliver Twist (1837-1839), Nicholas Nickleby (1838-1839), La tienda de antigüedades (1840-1841), Barnaby Rudge (1841), Cuento de Navidad (1843), Martin Chuzzlewit (1843-1844), Dombey e hijo (1846-1848), David Copperfield (1849-1850), Casa desolada (1852-1853), Tiempos difíciles (1854), La pequeña Dorrit (1855-1857), Historia de dos ciudades (1859), Grandes esperanzas (1860-1861), Nuestro común amigo (1864-1865), El guardavía (1866).

Sus grandes novelas

«OLIVER TWIST»

Es la historia del pequeño Oliver, criado en un hospicio, empleado y maltratado en una funeraria de pueblo, que decide escapar a Londres en busca de mejor fortuna. Pero es reclutado por una banda de ladrones que él no reconoce como tales, y va surgiendo así un escaparate de magníficos personajes (Fagin, el jefe de la banda juvenil, el ladronzuelo Jack Dawkins, el asesino Sikes, la prostituta Nancy, el misterioso Monks), así como un magnífico relato sobre la inocencia acosada. Con esta novela se proponía demostrar que se podía «servir a la moral mediante una historia con personajes elegidos entre lo más criminal y degradado de la población de Londres, y donde, sin embargo, sobrevivieran la candidez y la fragilidad», según sus propias palabras.

Es una panorámica completa de la sociedad victoriana en la que, mientras el campo representa la alegría, la felicidad y el bienestar, la ciudad simboliza todo lo contrario, es decir, delincuencia, suciedad, crimen y marginación. En su huida del campo, Oliver Twist cree que va a tener un futuro brillante y se encuentra con todas esas lacras sociales.

«¿Quién podrá describir el placer y deleite, la paz de espíritu y la apacible calma que el delicado muchacho sintió en el aire embalsamado y en las verdes colinas y espesos bosques de un pueblecito de tierras adentro? ¿Quién podrá contar cómo en el espíritu de aquellos a quienes abruma el dolor de vivir en ruidosas aglomeraciones penetran los paisajes de paz y quietud cuando llegan con la pureza de su frescura hasta el fondo de sus exhaustos corazones? Gentes que se mataron a trabajar entre calles atestadas y estrechas y que nunca sintieron ganas de cambiar; gentes en quienes la rutina fue una segunda naturaleza y que casi llegaron a encariñarse con cada ladrillo y cada piedra de los que formaban los reducidos límites de sus cotidianos ajetreos, incluso a estos, con la mano de la muerte ya encima, se los ha visto anhelando al cabo un resquicio del rostro de la naturaleza, y han pasado inmediatamente a un nuevo estado de ser cuando se les ha llevado lejos del escenario de sus anteriores sufrimientos y placeres» (Capítulo 32).

  

«David Copperfield»

Es la más autobiográfica de sus obras. El mismo Dickens señaló en un prólogo: «De todos mis libros, este es el que más me gusta». Y luego: «Como muchos padres, tengo un hijo preferido, un hijo que es mi debilidad; este hijo se llama David Copperfield». Este hijo favorito no ha dejado más que una estela de admiración entre los lectores. La crítica literaria de su tiempo la consideró una obra maestra suprema. Henry James recordaba que de niño se escondía debajo de una mesa para oír a su madre leer las entregas en voz alta. Dostoyevski la leyó en su prisión en Siberia. Tolstói la consideraba el mayor hallazgo de Dickens, y el capítulo de la tempestad, el patrón por el que debería juzgarse toda obra de ficción. Fue la favorita de Sigmund Freud. Kafka la imitó en Amerika y Joyce la parodió en Ulises. Para Cesare Pavese, «en estas páginas inolvidables cada uno de nosotros (no se me ocurre elogio mayor) vuelve a encontrar su propia experiencia secreta». El protagonista y el autor tienen mucho en común, como las desdichas de la niñez, el trabajo en la abogacía, la condición de escritor y algunos de los personajes con los que ambos se relacionan. Narrada desde la distancia del adulto, la vida de David Copperfield encierra sátira e ironía, tristeza y angustia, pero también mucha alegría y gentes con ansia de vivir.

 

 

«Cuento de Navidad»

Es un relato de fantasmas que narra la inquietante Nochebuena que pasa un anciano que es una de las más acabadas representaciones del avaro en la historia de la literatura y otro de los inolvidables personajes de la amplia galería de Dickens.

 

«Grandes esperanzas»

Es una novela de iniciación, de descubrimiento de la existencia. Dickens pone en escena a un narrador muy joven que lucha contra la adversidad, enfrentándose a acontecimientos que lo sobrepasan. Con la sucesión de las dificultades que se le van presentando, logra una intriga rica en situaciones inesperadas y golpes de efecto. Cuenta la historia de Pip, un niño huérfano educado por su hermana y destinado a una existencia oscura. Un día conoce a la extraña señorita Havisham, que vive recluida en su casa en compañía de su hija adoptiva, Estella, cuya belleza fría y perfecta desasosiega al muchacho desde el día en que la conoce. Después, Pip recibirá una buena educación y tiene la esperanza de heredar una inmensa fortuna de un misterioso benefactor. Por este hecho, su vida va a cambiar: se irá a Londres, se atreverá a conquistar a la inaccesible Estella, se olvidará de sus amigos y renegará del ambiente modesto del que salió. Las cosas no van a ocurrir como él preveía, pero acabará aprendiendo la mejor lección: la de ser un hombre serio y de bien.

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