Trump pone tierra de por medio

El presidente inicia una gira por Oriente Medio y Europa en la que los líderes deberán aprender a lidiar con él

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Nueva York / Colpisa 20/05/2017 08:46 h

Dormir fuera de casa no figura entre las costumbres de Donald Trump. Durante la campaña era el único candidato que no peregrinaba de hotel en hotel, sino que aterrizaba en su avión privado a la hora del mitin y despegaba al terminar, salvo que tuviera cerca alguna de sus propiedades. Y mientras sus predecesores tantearon su destreza diplomática a las pocas semanas de ser investidos, Trump empieza su primer viaje al extranjero, cinco meses después de asumir el cargo.

Nunca antes ningún mandatario estadounidense había despechado a sus vecinos Canadá y México para estrenarse con otro país, pero el reino saudí supo cómo tentarle. Una presentación de Power Point describía sucintamente las inversiones de ese país en EE.UU., sus datos demográficos más básicos y los tres palacios en los que podría alojarse. La presentación, muy al estilo de las que Trump está acostumbrado a ver con sus negocios inmobiliarios, funcionó. Ayer, despegó en el Air Force One con destino a Riad, acompañado de su familia y asesores, incluyendo a su hija Ivanka y su yerno, Jared Kushner, que habían pedido una venia del rabino para saltarse la ortodoxia del sabbat.

Donald Trump pone tierra de por medio en un intento de librarse del Rusiagate, pero le va acostar. Poco después de despegar, la edición digital de The New York Times colgaba que el presidente reconoció en el despacho oval ante sus invitados rusos que con el despido del jefe del FBI, James B. Comey, se libró de una «gran presión». «Acabo de despedir al jefe de la FBI. Estaba loco, le faltaba un tornillo», dijo, según las notas de la Casa Blanca de la cita del día 10 con el jefe de la diplomacia rusa, Serguéi Lavrov, y el embajador Serguéi Kisliak. «Me enfrenté a una gran presión por causa de Rusia. Pero se acabó». Y añadió: «No estoy bajo investigación». 

Preparación exprés

En las últimas dos semanas la Casa Blanca había intentado despejar la agenda del presidente para prepararlo ante el reto de reunirse en Arabia Saudí con medio centenar de líderes árabes, caminar de puntillas por el avispero de Israel y Palestina, enfrentarse a los aliados de la OTAN en Bruselas, codearse con los jefes de Estado del G7 en la cumbre de Sicilia y terminar con un sermón del papa Francisco I.

En estos cinco meses han corrido por las embajadas de Washington los consejos para congraciarse con un presidente que no responde a las etiquetas habituales. Según The New York Times, de los 16 encuentros con líderes extranjeros que mantuvo en sus primeros cien días y de las 76 llamadas que había tenido hasta el lunes, la lección mejor aprendida es la de adularle, comparándole al alza con Barack Obama. La segunda, recordar el tamaño de su victoria. Y la tercera y más importante, ser breve y sucinto. El jueves Trump criticó en voz alta al presidente colombiano Juan Manuel Santos por la «larga y diplomática respuesta» que dio a una pregunta. A los líderes extranjeros se les ha dicho que un discurso de 15 minutos -el doble con traducción- es demasiado para alguien con 30 segundos de atención. Todos han aprendido a hacer la vista gorda a cualquier comentario que hiciera en la campaña, a proporcionarle algún acuerdo comercial que le permita apuntarse un tanto y a adular su ego.

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