La prueba de fuego


Cuando se enteró del nombramiento de un fiscal especial encargado de investigar la supuesta interferencia de Rusia en la campaña presidencial del 2016, Donald Trump reaccionó de mala manera. Y sin embargo, es algo que le beneficia. Si es inocente, claro está. El hombre al que han puesto al frente de esta investigación especial, el antiguo director del FBI Robert Mueller, tiene reputación de íntegro e imparcial. Es una garantía de que se llegará al fondo del asunto y de que, mientras tanto, no habrá más especulaciones.

Lo cual, a su vez, es la razón por la que los demócratas tampoco están entusiasmados con el nombramiento, después de haberlo reclamado durante semanas. Es posible que, a la larga, la investigación de Mueller ponga a Trump contra las cuerdas, pero son conscientes de que, de momento, el dosier ruso desaparece de la agenda política y se convierte en una investigación criminal en la que será más difícil que haya filtraciones. Ayer, después de alabar fríamente la decisión, se apresuraban a pedir una comisión de investigación, que es lo que dice el manual que hay que hacer cuando uno quiere mantener vivo un escándalo.

Si Trump es culpable, sin embargo, este sería el principio del fin para él. La del fiscal especial es una figura implacable en la historia política norteamericana. Nació a raíz del escándalo Watergate, durante el cual Nixon cesó al fiscal que le estaba investigando. El Congreso creó entonces este puesto de fiscal especial, al que el presidente no podía destituir. A los legisladores incluso se les fue un poco la mano dándole poderes y los dos partidos acabaron sufriéndolo en sus carnes, por turno: los republicanos durante el caso Irán-Contra y los demócratas con el caso Lewinsky.

Aquel caso Lewinsky es un precedente especialmente inquietante para Trump. Hay que recordar que, en principio, al fiscal especial Kenneth Starr se le había encargado únicamente que investigase un asunto de corrupción que implicaba al matrimonio Clinton, el caso Whitewater. Starr no encontró nada ahí, pero por el camino se topó con el filón inagotable de las relaciones extramatrimoniales de Bill, incluida la becaria Monica Lewinsky. Fueron los intentos de Clinton de tapar el asunto los que en 1998 acabaron poniéndole frente a un impeachment (proceso de revocación) por obstrucción a la justicia. Se salvó únicamente porque los demócratas tenían mayoría en el Senado.

Precisamente a raíz de aquel asunto Clinton hizo que se modificase el estatuto del fiscal especial para limitar algo sus poderes, pero estos siguen siendo considerables. Y con alguien como Mueller en el puesto, el alcance y las consecuencias de esta nueva investigación son impredecibles. Por eso se entiende la preocupación tanto de Trump como de sus rivales demócratas. Porque, si uno tiene que juzgar por sus reacciones públicas, da la impresión de que ni Trump está del todo seguro de su propia inocencia ni los demócratas están del todo seguros de su culpabilidad.

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