Escocia no va a frenar el «brexit»


Theresa May había prometido que desencadenaría el brexit en marzo y ha cumplido con su calendario. Lo retrasó únicamente unos días por una cuestión de estrategia: quería que pasase más tranquilamente el congreso que los nacionalistas escoceses celebraron el fin de semana en Aberdeen. Pero incluso esa cautela ha resultado excesiva. Contrariamente a lo que se oye decir estos días, el independentismo parece neutralizado y la solicitud de un segundo referendo que la semana pasada cursó su líder, Nicola Sturgeon, hay que verla más bien como una señal de desesperación.

Lo que ha ocurrido es curioso. Se esperaba que el brexit se convirtiese en una fábrica de independentistas, pero está sucediendo lo contrario. Algunos de los que votaron no a la secesión hace tres años han cambiado de idea a raíz del referendo del brexit, pero las encuestas detectan que son más los que votaron por la independencia y ahora prefieren el brexit. De hecho, sorprendentemente, la cuarta parte de los que votaron por la secesión lo hicieron luego por la salida del Reino Unido de la UE en junio del año pasado. Por eso Sturgeon ha pedido un segundo referendo: sabedora de que Londres no lo va a conceder, su intención es capitalizar la humillación del rechazo.

Otra idea muy extendida, pero equivocada, es que en el conjunto del Reino Unido hay muchos arrepentidos del brexit. Hasta donde llega la demoscopia, solo un cuatro por ciento de los votantes han cambiado de opinión, y lo han hecho en la misma proporción partidarios y contrarios. Esto es lo que ha hecho imposible que el Parlamento frenase el proceso de salida de la UE, a pesar de que en él sí hay una mayoría clara de contrarios al brexit. A May le ha costado poco someterlos. Objetivamente, otra cosa hubiese sido una burla a la voluntad popular.

De modo que May se ha garantizado manos libres para los dos años de negociaciones con la Unión Europea que se avecinan. Una vez concluyan, el Parlamento tiene que validar el acuerdo final. Es posible que entonces vuelva a echarle un pulso a la primera ministra. Ahí está la última esperanza de los que creen que el tren todavía puede descarrilar. Pero en ese caso May puede contraatacar con una carta que se está guardando hábilmente: unas elecciones anticipadas. A menos que cambien mucho las cosas, May no solo las ganaría de calle frente a un Partido Laborista desarbolado -las encuestas arrojan ahora mismo un 44 frente a un 27 %-, sino que las elecciones permitirían a la primera ministra sustituir a los candidatos conservadores proeuropeos por otros afines al brexit.

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