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Tres payasos gallegos, con los niños refugiados de Idomeni

«No os vayáis por favor, no, no os vayáis», les gritan los pequeños mientras los persiguen hasta el coche cuando acaba el acto

Idomeni / E. La Voz, 10 de marzo de 2016. Actualizado a las 15:43 h. 15

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Tras el cierre de las fronteras, la estación de Idomeni es el hogar forzoso de cientos de refugiados que se resguardan de la lluvia como pueden. Los niños pequeños con chubasqueros chapotean en el barro aburridos de esperar. Pero de repente entra en escena un payaso bailón. Globos, juegos y sonrisas para todos. Una brizna de ilusión en medio de la desgracia.

Abraham, Iván y  Peter Punk han viajado desde Galicia para repartir alegría a los pequeños refugiados. «Pallasos en Rebeldía» se hicieron notar en el campo improvisado. Fue un soplo de aire fresco necesario para los niños marcados por la guerra. «Nos quieren, nos besan, nos dan comida. Hoy me han regalado un sombrero y me han dado su bocadillo. Las madres nos llaman para que veamos a los pequeños. La relación con ellos es increíble. Muy emocionante», explica Iván el bailón antes de empezar a repartir narices azules al ritmo de samba.

María quiere tener una nariz como la de Iván. No se lo va a poner fácil, balancea el preciado tesoro. Intenta hipnotizarla. Lo consigue. Al tercer intento la pequeña siria tiene su recompensa. Dando saltos se la enseña a su madre, no puede parar de sonreír. Los mayores se agolpan alrededor de los niños y preguntan: «¿De dónde vienen?». Dan las gracias por la visita una y otra vez. «Que bonito es todo esto, mira a los niños, mira sus caras», explica Hamed, padre de cuatro niños.

Ivan y Peter Pan no dan abasto, dan forma a los globos, coronas, espadas y caniches. «Otro, otro yo quiero otro», repiten los niños una y otra vez. «Nos quieren mucho, me llaman papá porque hago un número en el que digo papá». Iván salta corriendo sobre uno de los asistentes, lo abraza, lo besa y los pequeños repiten «papá». El tiempo de la actuación llega a su fin y los payasos tienen que visitar otros campos de refugiados antes de que caiga la noche. «No os vayáis por favor, no, no os vayáis», les gritan mientras los persiguen hasta el coche. Ellos les prometen que volverán pronto.

«Aquí no hay un campo de refugiados. Esto es un campo de concentración. Idomeni es una zona cero de la humanidad y ahora mismo se ve lo que significa para Occidente la solidaridad», dicen los tres payasos. Las condiciones de los refugiados empeoran cada día que pasa. No para de llover. Hacen falta mantas, tiendas de campaña y ropa. Todo está inundado por el agua. Los voluntarios no dan abasto.

Sin embargo, lo que los refugiados piden es que se abra la frontera. No quieren caridad, quieren seguir su camino. La desesperación empieza a notarse. Un pequeño grupo se sienta sobre las vías para pedir la apertura del puesto fronterizo. En la carretera más personas protestan y dan las gracias a Grecia por su ayuda. «No queremos quedarnos aquí, lo tienen que entender. ¿Cómo vamos a creer que nos reubicarán si hasta el momento no lo han hecho? Tienen que dejarnos pasar. Encontraremos otros caminos», se juramenta Absalán portando una pancarta donde se puede leer «Abrid la frontera».

La ruta de los refugiados está cerrada. Macedonia hizo oficial la decisión en un comunicado donde informa que desde el martes nadie puede entrar en su país si no tiene un pasaporte de la zona Schengen. Eslovenia, Croacia y Serbia aplican también las restricciones fronterizas. La decisión supone el fin de la ruta de los Balcanes. Para los refugiados. Grecia ha dejado de ser un país de tránsito para convertirse en un gran campo de refugiados.

María, Hamed, Mustafá, Aysha: los pequeños que duermen sobre el barro en Idomeni seguirán en la estación. Sus padres aún creen que el milagro puede llegar, que Angela Merkel todavía puede salvarlos. Así que ellos continuarán jugando en las vías del tren, chapoteando sin zapatos en los charcos, con una ilusión renovada: los payasos les han prometido que volverán así que esperarán.

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